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Paisaje invernal Friedrich

Publicado por Laura Prieto Fernández

Si ha habido un pintor a lo largo de la historia del arte que haya sabido darle una nueva dimensión al paisaje ese ha sido, sin lugar a dudas, Caspar Friedrich. La estética romántica en general, aparece como la reacción a la pintura neoclásica marcada por rígidos cánones académicos en los que el artista tiene muy poco margen creativo, o así al menos lo entendieron los pintores románticos; en este sentido, los seguidores de esta nueva corriente artística acababan buscando refugio en épocas pasadas o en el encanto del mundo natural para evadirse de una vida hastiada en la que, en teoría, cualquier tiempo pasado era mejor.

No obstante, la pintura de Friedrich va mucho más allá de la propia evasión, más bien en sus obras se aprecia, lo que podemos denominar como un paisajismo religioso esto es, una obra en la que predomina el paisaje pero en la que se aprecia un elemento religioso de modo que la naturaleza se puede entender como un medio de expresión divino o incluso como el camino para llegar a Dios. Además, el artista acerca al espectador con sus lienzos a la meditación.
En esta ocasión analizaremos un óleo sobre lienzo de formato vertical y pequeñas dimensiones que el artista realizó en torno al año 1811 y que lleva por título Paisaje de invierno. La obra que en la actualidad se exhibe en el Museo Británico de Londres forma parte de un ciclo de piezas que el autor realizó por aquellos mismos meses junto con lienzos como Paisaje de invierno.

En realidad, el autor sigue el mismo concepto que ya había utilizado en cuadros anteriores como en el conocido Altar de Tetschen: en un paisaje invernal -el autor consideraba que esta era la estación más propicia para la meditación- surgen símbolos religiosos que ayudan a la meditación del espectador de modo que la naturaleza se convierte en un vínculo de unión entre el hombre y Dios.

En esta ocasión el artista coloca en una pradera nevada una pareja de pinos verdes y frondosos junto a unos peñascos, en ellos un hombre inválido se resguarda para rezar a un crucifijo de madera mientras sus muletas descansan olvidadas en la nieve. Al fondo, entre la bruma se aprecia la silueta de una catedral gótica como si fuese un fantasma en alusión al paso del tiempo y lo perecedero de nuestra existencia.

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