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Atardecer en la Avenida Karl Johan, Munch

Publicado por Laura Prieto Fernández

El atardecer en la Avenida Karl Johan es una de las obras más conocidas y más representativas del artista expresionista Edvuard Munch. Tan sólo Munch podría reflejar de una manera tan magistral la agonía del ser humano en una escena aparentemente sencilla y cotidiana.

Edvuard Munch (1863 – 1944) ha sido considerado por los expertos como uno de los artistas expresionistas más destacados de toda la vanguardia y sin lugar a dudas, el pintor de origen noruego más importante de todos los tiempos. Nacido en Loten, Noruega, en una región con escasa tradición pictórica, su vida y personalidad –tanto la artística como la moral- se vieron fuertemente afectadas por la tragedia que asolaba su juventud. cuando el artista tan solo era un niño perdió a su madre y su hermana a causa de la meningitis, quedándose únicamente con su padre, un hombre autoritario y extremadamente religioso que nunca terminó de conectar con su hijo ni de comprender su faceta artística.

Karl Johan

En Oslo conoció y trabajó junto con el artista Christian Krohg, pero lo que más influyó en su carrera fueron los sucesivos viajes que el artista realizó a Paris; allí Munch se relacionó con otros artistas del momento y pudo apreciar tanto las obras de los impresionistas y postimpresionistas que tanto admiraba como conocer las nuevas vanguardias que empezaban a florecer entre los círculos artísticos.

La obra que aquí nos ocupa, nos presenta a un artista maduro, consolidado en los círculos expresionistas. Se trata de una escena urbana que en apariencia no tiene nada de especial, al atardecer una procesión de personas camina por la calle, seguramente de vuelta a casa tras el trabajo. Sin embargo al fijarnos detenidamente en el lienzo la multitud las figuras no han sido representadas con rasgos naturalistas sino que en realidad parecen espectros que se funden unos con otros. Los personajes han sido representados con grandes ojos y pómulos muy marcados cuyo rostro se estrecha en la zona inferior como si de auténticas calaveras se tratase. Todos los individuos aparecen vestidos iguales, de color negro que hace destacar sus pálidos rostros. La acera de la derecha se encuentra abarrotada de gente y sin embargo la de la izquierda aparece completamente vacía. En la calzada, un hombre -o más bien una sombra- camina en dirección contraria creando una gran sensación de desasosiego y soledad.

De esta manera el artista ha representado la soledad del hombre individual que aparece escondida tras la multitud. No se trata de una escena ruidosa a pesar del gentío, más bien todo lo contrario, son hombres circunspectos en los que se aprecia un alma atormentada. La pintura sigue las pautas de la estética expresionista con colores contrastados, poco realista y formas sinuosas que nos remiten a los sueños o en este caso, a una auténtica pesadilla. El atardecer en la Avenida Karl Johan, preludia el dramatismo y agonía que el artista representara tan sólo un año después, en 1893, cuando presente la que se ha convertido en su obra más representativa, El Grito.

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