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Carrera de caballos en Longchamp de Manet

Publicado por A. Cerra

Varios artistas franceses del siglo XIX se sintieron atraídos por representar el mundo de los caballos y los hipódromos que tan en boga estaban entonces. Y lo hicieron por diversos motivos. Algunos como Theodore Gericault porque simplemente veneraban a estos animales a los que llegó a hacer auténticos retratos como el del Caballo blanco. Mientras que otros artistas como Degas, también sentían fascinación por estos animales, sobre todo por su movimientos y velocidad que intentó captar en varias de sus obras, al igual que hizo en sus famosas obras de bailarinas de ballet.

Carrera de caballos en Longchamp de Manet

Carrera de caballos en Longchamp de Manet

Curiosamente muchas de las obras hípicas que realizó Edgar Degas las ambientó en el hipódromo de Longchamp, el mismo lugar donde nos ubica esta carrera de caballos de otro gran pintor de la época: Edouard Manet.

Estamos ante un lienzo pintado al óleo en el año 1866 y que en la actualidad está en el Instituto de Arte de Chicago. Una obra que se convirtió en la primera imagen en la que vemos como un grupo de caballos y jinetes cabalgan a toda velocidad y directamente hacia el espectador, como si lo fueran a atropellar. Es como si Manet se hubiera colocado con su caballete en el centro de la pista. Una perspectiva completamente revolucionaria y que no se había visto hasta entonces. Pero si este lienzo es tremendamente innovador, también realizó una litografía mucho más arriesgada con el mismo tipo de escena y encuadre.

Esa litografía la primera sensación que nos provoca es la de tratarse de un simple garabato, unas confusas formas, en las que tan solo unos indicios dan finalmente la impresión de luz, movimiento y velocidad.

Vemos como los caballos corren hacia nosotros, mientras que los espectadores asistentes al hipódromo están abarrotando los graderíos y es imposible reconocer una figura humana completa y definida.

Ese arremolinamiento de gentes también se ve en el lienzo, en el cual distinguimos a los caballos, pero a ninguno de ellos le podemos ver sus cuatro patas.

Y curiosamente es un cuadro tremendamente “realista” en el modo que lo concibe Manet, ya que al mirarlo solo podemos centrar la vista en un punto de la imagen, mientras que el resto de la escena queda muy confusa. Sin embargo, sabemos a la perfección como es el resto y mentalmente todos somos capaces de recomponerlo. Es por esto que Manet es un pintor realista e impresionista al mismo tiempo, en definitiva, un artista genial y único.

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