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Caspar David Friedrich (y IX)

Publicado por Chus


Ya desde el comienzo de su trayectoria artística mostró el pintor su predilección por el tema de muerte, con numerosas representaciones de sepulcros antiguos, como dólmenes o de antiguos germanos, como “Sepulcro de Kügelsen” o “Entrada al camposanto” o “Cementerio en la nieve”, pero hacia el final de su vida, tras su ataque de apoplejía en 1835, se va a convertir en un tema obsesivo. Lo trata en acuarelas, dibujos y sepias, ya que casi no podía pintar al óleo. Uno de los más sombríos de todos es “Paisaje con sepulcros”, con un buitre posado sobre el ástil de la pala, mirando la tumba abierta, con una representación de una luna casi fantasmagórica. Otro, “Paisaje con sepulcro, féretro y búho”, representa a un búho gigantesco sobre un féretro cerrado, de nuevo con la luna fantasmal, junto a símbolos como la pala, la fosa, la vegetación, etc, que se van a convertir en monotemas de sus últimas producciones hasta el año 1840 en que fallece.

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Influyó en pintores como Gustav Carus, quien en su juventud le admiraba tanto que pintaba prácticamente como él, o en Dahl, Heinrich (discípulo de Friedrich), Oehme, Blechen, etc. En el siglo XX ejerció una considerable influencia en las vanguardias, como es el caso de la abstracción, tomando su pura ordenación de formas y colores que, como la música no queda oscurecida por el objeto y reproduce directamente sensaciones y emociones, o en el caso del surrealismo, ya que para Friedrich, existía el convencimiento de que el alma humana refleja el Universo, dedicando su vida a plasmar la “contemplación interior”, aspecto que coincide con Max Ernst cuando expone “El papel del pintor es extraer y representar lo que ve en sí mismo”.

El subjetivismo encarnado por Friedrich arranca de mediados del siglo XVIII, es expresión de su generación y determina la relación del artista con su trabajo hasta la actualidad. El pintor defendía su subjetividad, pero cuando ésta no coincide con los gustos del público al artista se le plantea una dicotomía, una sacudida, ya que toda obra de arte necesita ser contemplada. Así desde el siglo XIX aparecen los amigos fieles, los admiradores, los coleccionistas, como parte decisiva en la gestación de las obras de arte y, cuanto más radicalmente realice el artista sus concepciones y menos se deje arrastrar por las exigencias de su tiempo, estará sometido con mayor crudeza a la confrontación con la sociedad (pensemos en el caso de Vincent Van Gogh con su hermano Theo).

Friedrich sentía que no se valoraba su importancia como pintor, él era consciente de su valer, estaba seguro de sus cosas, escribió además sobre su total aislamiento, haciendo frente a su tiempo, creyendo ir por delante de su época, así escribió “… ¿es el hombre quien hace el tiempo o el tiempo quien hace a los hombres?”. La falta de comprensión que mostraron sus contemporáneos por su arte fue compensada por Friedrich con el aislamiento y con una repulsión elegida por sí mismo, conformándose con su comunidad de amigos y admiradores.

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Un comentario para “Caspar David Friedrich (y IX)”


  • sotornil.openid.es/ Junio 22, 2010 a las 4:09 am

    Aunque soy un ferviente admirador de Friedrich, solo he tenido la ocasión de ver uno de sus cuadros. El que está en el Thyssen. Seguro que todos sabemos cual es.
    La serie de artículos que has publicado sobre Friedrich me parece excelente, y me resulta delicioso recuperar o descubrir acercamientos a este genial pintor.
    Solo te pediría algo: Aprovechando que pareces conocer muy bien la técnica con la que trabajaba, te pediría que -para los que somos algo aficionados a pintar- nos describieses con detalle como desarrollaba sus obras (algo mas detallado de lo que ya describes en el capítulo II de tu serie de artículos)
    Cómo lograba los degradados tan exquisitos y delicados. Si usaba veladuras y cómo. Cómo conseguía el trazo tan perfecto de las líneas de los mástiles y cuerdas de los barcos… etc, etc.
    En cualquier caso, siempre será una excusa estupenda para que nos ilustres más sobre un pintor que pareció pintar para sobrecogernos el corazón; o quien sabe si, incluso, para elevarnos hacia lo infinito.