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Códice de Lawrence de Durham

Publicado por A. Cerra

Lawrence de Durham en un códice medieval

En la biblioteca de la enorme Catedral de Durham, Inglaterra, se conserva esta ilustración medieval, extraordinariamente apropiada para hablar de cómo se realizaban las famosas miniaturas y manuscritos en los scriptoriums de los monasterios de la Edad Media.

En la imagen se representa a Lawrence de Durham, un monje real e histórico, que llegó ser prior de la propia Catedral de Durham entre los años 1149 y 1154, fecha de su muerte. Si bien había ingresado muchos años antes en la orden de monjes benedictinos, donde trabajó como copista. Aunque Lawrence de Durham no solo fue un copista, sino que llegó a escribir varias obras, obviamente de temática religiosa, como la hagiografía de Santa Brígida.

Además de sus habilidades como copista y escritor, Lawrence de Durham también era conocido por su devoción y su disciplina monástica. Su dedicación a la vida monástica y su amor por la escritura y la copia de textos religiosos fueron una inspiración para muchos de sus contemporáneos. Su influencia se extendió más allá de las paredes de la Catedral de Durham, y su legado perdura hasta el día de hoy en las obras que dejó atrás.

De hecho, en esta imagen lo vemos precisamente escribiendo y podemos ver todo el instrumental que se usaba en la época para hacer esa labor. En esta ilustración y otras muchas coétaneas se aprecia que siempre se usaban sillas de respaldo muy alto y un pupitre inclinado, más o menos a 45 grados respecto a la horizontal del suelo. Ambos elementos estaban unidos entre sí, y hay varios ejemplos como este, donde se aprecia que el pupitre era abatible.

No ha de extrañar que los pupitres estuvieran inclinados, a veces en exceso. Eso se debe a que los amanuenses escribían con plumas de ave, las cuales solo funcionaban si el pergamino se encontraba en ángulo recto respecto a la pluma, algo tremendamente incómodo si el tablero del pupitre estuviera en paralelo al suelo.

Además usar este tipo de plumas implica que la mano no toque el pergamino o el papel en su caso, y todo el movimiento se debe hacer con el brazo, y no con los dedos. Este método de escritura requería una gran habilidad y precisión, y era una prueba de la destreza y la paciencia del escritor.

Antes de escribir había que preparar el pergamino con piedra pómez, y también se suavizaba con yeso. Con ello se eliminaban las posibles manchas, pero también se impedía que después la tinta resbalase por su superficie. Este proceso de preparación era esencial para garantizar la calidad y la durabilidad del texto escrito.

Ya estaba todo preparado para escribir, con la pluma en una mano y un cuchillo en la otra. Este cuchillo se usaba para ir afilando continuamente la pluma y también para raspar y eliminar rápidamente posibles errores, antes de que la tinta se secase. Además el cuchillo servía como guía para mantener la línea recta e incluso para sostener el propio pergamino, que siempre mantenía su propiedad elástica.

En esa actitud precisamente vemos a Lawrence de Durham en esta ilustración que posiblemente se le hizo en vida a este personaje, ya que en su caso dejó de ser un mero monje copista para convertirse en un auténtico autor. Su vida y su obra son un testimonio de la importancia de la escritura y la copia de textos en la Edad Media, y de cómo estos procesos contribuyeron a la preservación y la difusión del conocimiento durante este período.