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El rapto de las Sabinas, Poussin

Publicado por Laura Prieto Fernández

Al igual que durante los últimos años del Renacimiento surgió el movimiento manierista que ponía en entredicho las principales características de este movimiento, en el siglo XVII surgió en paralelo a la estética barroca imperante una nueva corriente artística que se alejaba de las tradicionales formas sinuosas o del dramatismo de estas escenas, fue la tendencia clasicista que surgió en paralelo al movimiento caravaggista. En Francia concretamente, los pintores caravaggistas tuvieron más éxito en las provincias que en la capital, París y la corte en general, se decantaron por un estilo más sobrio y sencillo representado por artistas como Nicolás Poussin.

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Poussin (1594 – 1665) fue uno de los máximos exponentes de la tendencia clasicista en Francia aunque casi toda su vida vivió y trabajó en Roma para conocer de cerca a los pintores clásicos que tanto le inspiraban. En su producción destacan los grandes cuadros de historia como el que aquí analizamos, El Rapto de las Sabinas.
Se trata de un gran óleo sobre lienzo con formato horizontal que mide más de dos metros de anchura y más de metro y medio de altura. La obra, que en la actualidad se exhibe en el Museo del Louvre, data de la década de los treinta, concretamente de 1637, cuando el cardenal Aluigi Omodei le encargó a Poussin una pintura de historia que relatara uno de los principales episodios de la fundación de Roma.

Según cuenta la historia, los romanos se encontraban tan escasos de mujeres que para asegurar la continuidad de su pueblo, decidieron raptar a las sabinas, las esposas del pueblo vecino. Los sabinos fueron invitados por los romanos a una gran cena y posteriormente expulsaron a los hombres de la ciudad raptando a sus mujeres. Este precisamente es el momento elegido por el artista para representar en su lienzo: Rómulo acompañado de dos senadores da la señal y en ese preciso momento los romanos raptan a las sabinas.

La pintura es muy interesante debido a la variedad de formas y gestos que se aprecian en los múltiples personajes que componen la escena. Cada pequeño grupo de personajes parece contar una historia por si mismos de modo que actúa tanto de forma individual como grupal en el contexto global del lienzo.

La escena se desarrolla en el exterior de la ciudad y el artista ha planteado tres puntos de fuga distintos que convergen hacia el mismo lugar y que quizás resulta demasiado recargada. La luz que baña la escena es anaranjada propia del atardecer.

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