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La llegada del embajador francés de Canaletto

Publicado por A. Cerra

Este enorme lienzo (180 x 259 cm) pintado al óleo por Canaletto probablemente hacia el año 1735, en la actualidad se exponen el Museo de L’Ermitage de la ciudad rusa de San Petersburgo.

Como prácticamente todas la obras de Antonio da Canal, verdadero nombre de Canaletto (1697 – 1768) nos presenta Venecia en todo su esplendor, una ciudad rica con aparatosos boatos, y contradictoriamente en un momento en el que la ciudad ya había pasado sus momentos de gloria, cuando era una de la grandes potencias mediterráneas y europeas.

La llegada del embajador francés de Canaletto

La llegada del embajador francés de Canaletto

No obstante, Canaletto la seguía pintando en su máximo apogeo, y es que muchos de sus cuadros estaban destinados a ser vendidos a los viajeros potentados que realizaban su gran viaje por Italia.

En este caso nos presenta el lugar veneciano más emblemático, con el Palacio Ducal, el Gran Canal y la iglesia de Santa María la Salute al fondo, un templo que hacía pocos años que había concluido el arquitecto barroco Longhena.

A este fastuoso escenario urbano se acerca el embajador francés Jacques Vincent Languet, en un hecho que realmente ocurrió en 1726. No obstante, esa llegada para Canaletto no era más que una excusa para presentar a Venecia con toda la pompa posible.

Así vemos como la gente se amontona en la Piazetta ante el Palacio Ducal, e incluso en los balcones del edificio hay un montón de personas. En todos esos grupos de público, Canaletto se esmera para dotar de toda la vivacidad posible, y se pueden ver detalles anecdóticos que contribuyen a amenizar la escena. En realidad, todo en la obra es de una acusada teatralidad, algo muy propio de estos momentos finales del arte Barroco, casi ya propio del estilo Rococó.

No obstante, más allá de la anécdota del momento pintado, la extraordinaria calidad pictórica de Canaletto se puede apreciar en su colorido y en su luminosidad. La unión entre luz y agua es lo más tópico y personal que ofrece Venecia. Unos efectos que infinidad de pintores han pretendido captar desde el también veneciano Francesco Gaurdi hasta el vanguardista Giorgio de Chirico, pasando por el romántico William Turner, o los impresionistas Claude Monet o August Renoir, pero posiblemente nadie lo ha logrado captar con la magia que lo supo hacer Canaletto.

Y es que este artista fue capaz de jugar insuperablemente con la luz y la sombra. Es curioso comprobar que en este cuadro, la gran mayoría de la escena está sombreada, y sin embargo una vez que se ha visto el cuadro, lo que se recuerda nítidamente son los espacios a los que llegan los rayos de sol. Y ya por aportar más literatura, incluso hay historiadores del arte, que dicen que la sombra que se posa en parte de la fachada del Palacio Ducal, son como una especie de presagio del final de la independencia de Venecia, algo que llegaría en el año 1797 cuando fue conquistada por Napoleón. Algo que lógicamente no sabría ni llegó a ver Canaletto, que murió treinta años antes.

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