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La muerte de la Virgen de Mantegna

Publicado por A. Cerra

Esta tabla pintada al temple por Andrea Mantegna hacia el año 1470 es conocida como La muerte de la Virgen o El Tránsito de la Virgen. En la actualidad, la tabla de 54 x 42 cm forma parte de la colección de pintura renacentista del museo del Prado de Madrid.

Aquí se puede apreciar una de las características más emblemáticas de toda la producción pictórica de Mantegna, ya que en todas sus obras las figuras que representa son casi escultóricas, con unas formas que transmiten unos enormes valores táctiles.

La muerte de la Virgen de Mantegna

La muerte de la Virgen de Mantegna

Así como se manifiesta otro rasgo de la pintura renacentistas del siglo XV, los estudios que los pintores hacían de la perspectiva. En este caso Mantegna, plantea la profundidad de la escena a partir de líneas convergentes que se unen en el arco de la ventana que da al paisaje exterior y los juegos de luces representados en el damero del embaldosado del suelo.

En realidad, Mantegna en el panorama artístico de su época es una especie de personalidad aparte, un unicum, porque se aleja de otros pintores, incluso de Massaccio que es el pintor cuyo arte y teoría son las más cercanas a Mantegna. Y es que realmente su arte está más influenciado por la obra escultórica de Donatello que por los cuadros o murales de cualquier otro pintor contemporáneo.

Otro muestra del peculiar arte de Andrea Mantegna es que para esta obra se inspiró en uno de los Evangelios Apócrifos, según los cuales, cuando a la Virgen María se le reveló el momento de su muerte, ésta convocó a todos los Apóstoles que habían acompañado a su hijo Jesús, y solo faltó santo Tomás que tardó en llegar ya que se encontraba predicando el Cristianismo en el India.

Mantegna no ambienta este episodio en la ciudad de Jerusalén donde se supone que hubo de ocurrir el hecho, sino que sitúa la escena en el Palacio Ducal de Mantua, lugar en el que por otra parte están pintados los frescos de la Cámara de los Esposos realizados en 1474 por el propio Mantegna. Y es que este pintor encontró uno de sus mejores mecenas en la familia de los Gonzaga que gobernaban en la ciudad italiana de Mantua. De hecho, el paisaje que vemos por la ventana es perfectamente identificable al tratarse del lago Mincio.

Llama la atención la estudiada disposición de las figuras, cuya colocación está bien estudiada hasta conseguir un perfecto equilibrio. Y todo ello envuelto en una arquitectura apilastrada que concede sensación de verticalidad a la escena, en la que las figuras parecen esculturas erectas.

Son figuras dibujadas con vigor y dando el efecto de volumen, lo cual ayuda a la sensación espacial y colaboran en la perspectiva del cuadro. Todo ello sumamente realista, y austero, en ese sentido muy del gusto renacentista, si bien es cierto que Mantegna se olvida de representar cualquier tipo de adornos o relieves que puedan distraer la vista de la escena principal. Y aunque eso le da mucha elegancia a su pintura, al mismo tiempo le da cierto toque de frialdad.

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