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Obras de Francisco de Zurbarán

Publicado por Cristina

[Primera parte]

Entre sus obras más sobresalientes destacan:

– Para el convento de los Mercenarios de Sevilla, pintó la Visión de San Pedro Nolasco, donde se aprecia sencillez en la composición, notas tenebristas y un fiel estudio del natural en figuras y en telas, así como su habilidad para todo lo sobrenatural.
La serie que le encargaron sobre San Buenaventura presenta composiciones más complejas: en la Muerte de San Buenaventura, los personajes que rodean al santo constituyen retratos de una fuera impresionante; y en San Buenaventura en Oración, la composición y la concordancia colorista sobria y vigorosa, hacen de él una de sus mejores obras.

San Hugo en el refectorio

San Hugo en el Refectorio, pertenece a una de las series que pintó para la Cartuja de Sevilla: relata el episodio en el que el anciano obispo San Hugo, regaña a los cartujos que no han guardado la abstinencia. Los monjes quedan sumidos en el sopor, mientras la carne se convierte en ceniza. Sobre la mesa, los objetos ordenados (platos, jarrones, panes…), constituyen una auténtica naturaleza muerta. El pintor plasma con gran precisión todas las texturas. La simplicidad naturalista de estos objetos comunica el respetuoso silencio que impera en la escena. Los blancos hábitos dominan una gran parte de la tela y la serenidad de los monjes, la personalidad de lo que capta, refuerza el clima de asombro ante el milagro. También en esta serie pertenece la Virgen Protectora de los Cartujos, de gran simplicidad plástica.

La Apoteosis de Santo Tomás de Aquino es una gran tela en la que se presenta un tema tradicional del momento, con la clásica ruptura, el “rompimiento” de los cielos, los obligados coros de ángeles y los personajes en adoración; pero aquello que en otros pintores resulta teatral y efectista, en Zurbarán es un sólido estudio de fuerte realismo, y personajes como el emperador, el cardenal y los frailes que se representan como orantes, constituyen retratos de maestría insuperable.

– A la serie del Monasterio de los Jerónimos en Guadalupe, con hechos y virtudes de frailes de esa comunidad, sobre fondos sencillos, destacan las ascéticas figuras y los blancos hábitos, el claroscuro acusado y los tipos no tratan de ser modelos de belleza, sino retratos. Destaca sobre todo Fray Gonzalo de Illescas, sentado en su mesa de trabajo, como distraído por la intrusión de las personas que lo observamos. Interrumpe su actividad y nos mira; además de ser un magnífico retrato psicológico, el fondo y los objetos revisten la mayor importancia: la manzana significa la ciencia; la clepsidra y el cráneo, la caducidad de las cosas; los libros, el esfuerzo del saber humano; y el perrito apoyado en los pies, la lealtad. La escena de caridad reflejada en el fondo lumínico, es contrapunto de la actividad científica e intelectual. Compositivamente, el conjunto se fundamenta en la columna sobre el paisaje exterior, a contraluz; en el juego de luces y sombras; y en la relación de los objetos con los personajes. Pero es el Milagro del Padre Salmerón el más delicadamente sentido de esta serie, y una de las telas por tanto de más sentimiento devoto de la pintura española.

– Sobre la misma época pintó la serie para la Cartuja en Jerez: más que los 4 grandes cuadros para el altar mayor (entre ellos La Adoración de los Pastores), de composición un poco cargada y con gran riqueza colorista, destacan los cuadros individuales, de santos, frailes en tránsito y en arrebatos místicos, hoy en el Museo de Cádiz, como el San Hugo, San Bruno, y el Beato de Hougton, severas figuras masculinas en las que la religiosidad no les implica blandura.

– También tiene cuadros de figuras únicas; crucificados, como el Cristo con San Lucas orando del Museo de El Prado, de recia osamenta y tonos de carnación cadavérica y en el que se cree que San Lucas es el propio autorretrato del pintor; o un San Francisco; La Virgen Niña, deliciosamente devota y casera; La Inmaculada de concepción recatada, intimista, lejos del triunfalismo y la idealización de las de Murillo; los cuadros de santas, para las que utilizaba como modelos damas piadosas del momento: Santa Casilda, Santa Margarita, figuras en pie, sólo con una leve alusión o atributo que las relaciona con su significación devota; sobre fondos oscuros, los ricos vestidos ponen notas atrevidas de color, rojos, verdes, amarillos o azules plateados; con sosiego, parecen avanzar mirándonos, solemnes y graves, verdaderos retratos de damas sin ninguna concesión a las dulces formas reblandecidas.

– Finalmente es preciso hablar de sus Naturalezas Muertas: de sobria ordenación y maravillosa captación de la textura de los objetos, sobre los cuales incide la luz; son de concepción diferente a las exuberantes naturalezas muertas flamencas contemporáneas, y parece que algunas tenían carácter simbólico-religioso. Destacan entre ellas: Naturaleza muerta con jarras de cerámica y copa; Naturaleza muerta con cidras; Cesta de naranjas y taza con rosa

Se ha dicho de Zurbarán que a pesar de su formación y residencia sevillana, es un nacido extremeño en el que lo rural y severo se transmite a su pintura, inherente a la gracia y al ingenio andaluz, que por otra parte es más suave que el de Castilla, menos austero que el extremeño e impregnado en parte de la melancolía portuguesa. Su simplicidad, su gran sentido de la vida, su capacidad de aceptar el milagro de la fantasía, y lo sobrenatural sin violencia ni retórica. Todo eso ha hecho que se reivindicara últimamente su obra, hasta hace poco relegada a un segundo plano, como genial expresión del Siglo de Oro Español.

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