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Van Gogh pintando unos girasoles, por Gauguin

Publicado por A. Cerra

Este óleo pintado sobre tela, concretamente sobre yute, una planta de origen tropical, lo realizó Paul Gauguin en el año 1888, durante los meses que convivió con Vincent van Gogh en la ciudad francesa de Arlés. En la actualidad, la obra permanece expuesta en el Museo Van Gogh de Amsterdam.

Es un magnífico ejemplo de la relación artística que los unía. De hecho, cuando Gauguin conoció en París al holandés le pidió que le diera su cuadro de Dos girasoles. Y posteriormente, cuando le confirmó que acudiría a vivir con él un tiempo en Arlés, en la Casa Amarilla, Van Gogh decoró toda la casa con cuadros de esta planta, en señal de amistad. No obstante, parece ser que los girasoles y algo de su espíritu rompedor en el arte fue lo único que les unió durante un tiempo, ya que la relación entre ambos acabó de forma dramática tras diferentes discusiones y la posterior huida de Gauguin de la ciudad de la Provenza. Aún así y curiosamente, años después, en 1901, cuando Gauguin se había instalado en las paradisiacas islas de la Polinesia, hizo el encargo de que le enviaran semillas de girasol hasta allí. Y con ellas pintó cuatro naturalezas muertas con girasoles, que se han interpretado como un sentido homenaje hacia su compañero. Aunque quizás fuera que realmente era un apasionado de esta planta.

Van Gogh pintando los girasoles, de Gauguin

Van Gogh pintando los girasoles, de Gauguin

Aquí vemos como lo retrató pintando su famoso cuadro de Los Girasoles. Siempre había habido pintores que pintaban a otros artistas en el acto de pintar, como por ejemplo Manet a su amigo Claude Monet trabajando en su barca. Pero en este caso hasta se puede identificar la obra que pinta Van Gogh, su carísimo lienzo de Los Girasoles.

La imagen que nos presenta de alguna forma refleja la peculiar relación que tenían. Vemos a Van Gogh desde un punto de vista elevado. Un poco, como si Gauguin se sintiera superior. Lo pinta con una mirada trastornada y pintado en un gesto poco natural, con el brazo excesivamente extendido, en una postura demasiado tensa, que en el fondo transmite inestabilidad. Además lo sitúa en un lateral, con la tela sobre el caballete en el otro extremo, mientras que el centro aparece bastante vacío, con unos sencillos planos horizontales, sin contenido alguno.

En realidad ese tipo de fondo se basa en las estampas japonesas, de las que Gauguin admiraba su falta de profundidad. Aún así se puede ver otra de las influencias que tenía este pintor, esta vez de origen medieval, ya que en muchas de sus obras se ve como pinta formas que recuerdan el cloisonné de los esmaltes y vidrieras góticos, en los que las formas quedan cercadas por líneas muy nítidas que crean formas que rellena de color, al igual que ocurre con las láminas de metal que sostienen los vidrios de colores. A eso hay que sumarle la rugosidad de la peculiar tela que usó como soporte, que texturiza enormemente la escena.

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