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Las pinturas religiosas de Goya

Publicado por Chus

Goya fue un pintor que tocó todo tipo de géneros a lo largo de su dilatada carrera, por tanto cultivó también las pinturas religiosas pese a que su temperamento y estilo no se inclinaba hacia las mismas. De hecho a su vuelta de Italia inició su primera obra importante, la bóveda del “Coreto de la basílica del Pilar de Zaragoza” (1771-1772) en la que representa la “Adoración del nombre de Dios”, en la que se aprecia la influencia de pintores italianos como Giaquinto y Lucas Jordán, representantes ambos del tardobarroco. La escena que pinta Goya representa en el centro al símbolo de Dios, un triángulo perfecto, con dos grupos de seres angélicos y personajes celestiales situados a distinta altura, todos ellos rodeados de un mar de nubes. La composición se estructura a base de diagonales y triángulos y en cuanto a los colores, han perdido intensidad al estar tal vez en exceso diluidos en agua.

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Otro de los encargos que recibe es para pintar la Cartuja del Aula Dei de Zaragoza, en 1773-74, con un ciclo del nacimiento y vida de la Virgen María. Distribuye las escenas a lo largo de los muros, arrancando con “San Joaquín y Santa Ana”, continuando con “El nacimiento de la Virgen”, “Los Desposorios de la Virgen y San José”, la “Visitación”, “La Circuncisión”, “Adoración de los Reyes Magos” y la “Presentación de Jesús en el templo”. En estas obras se ve la maestría de oficio del artista a la hora de enfrentarse a las grandes composiciones, destacando la colocación de arquitecturas y personajes, aunque de una forma un tanto académica, como corresponde a las pinturas de su juventud.

Una de sus obras maestras fue la decoración de la iglesia de San Antonio de la Florida de Madrid en 1798. En la cúpula de la misma representó un milagro de San Antonio de Padua (santo al que está dedicada la iglesia, pese a que su nombre popular sea de la Florida), concretamente el que el santo realizó al preguntar a un fallecido si era cierto o no que el padre de San Antonio lo había asesinado, a lo que respondió éste evidentemente que no. El pintor elige precisamente ese momento para representarlo y, aunque la leyenda sitúa la acción en Lisboa, de donde eran los padres del santo, él la trae hasta Madrid, ya que asisten como espectadores de la escena personajes populares del momento como majas, chulapas, etc. Precisamente los personajes que asisten al milagro lo contemplan tras una barandilla, actuando con gran naturalidad, como si fuese una escena cortesana o incluso popular, con dinamismo en las conversaciones y en las disposiciones de los personajes. La barandilla se abre a cielo abierto. La técnica es de una pincelada muy suelta, ciertamente expresionista, por primera vez en la obra del artista, logrando plasmar una escena realmente popular, acercando el milagro a las clases populares. En esta ocasión, los colores tienen más brillo y variedad que en Zaragoza, debido al uso del temple para los retoques y al toque suelto del pincel.

Tras la Guerra de la Independencia (1808-1813) pinta dos cuadros religiosos de gran dramatismo que delatan una profunda emoción religiosa y una intensa expresión mística, “La última comunión de San José de Calasanz” y “La Oración en el huerto” de 1819, siendo el último un boceto. Se trata de una pintura de mancha, que técnicamente tienen como base el negro, realizados a brochazos de gran efecto, materializados en pinceladas densas totalmente expresionistas.

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