Arte

El Sabath de Chagall

Publicado por A. Cerra

El Sabath de Chagall

Este cuadro del pintor de origen ruso Marc Chagall es prácticamente un homenaje del artista a otro creador anterior, Vincent van Gogh y en especial a su obra Café de noche. Sobre todo recuerda a esa obra en diversos aspectos compositivos, si bien es cierto que luego va cambiando el tipo de elementos con los que construye la escena.

Por ejemplo en el cuadro de Van Gogh el centro de la imagen lo ocupa la mancha luminosa de una mesa de billar que vemos casi desde un punto de vista cenital y que se ilumina con varias lámparas de techo. Sin embargo, en El Sabath de Chagall ese protagonismo se le da a una mesa de comedor un tanto desplazada del centro y también un tanto en escorzo, mientras que la luz que recibe proviene de un quinqué colgante y de dos candelabros situados sobre el propio tablero.

En cuanto a las personas, también se trata de gentes un poco dejadas de sí mismas. Pero en este caso se puede entender porque la familia ha tenido todo el día de fiesta judía, el Sabath, y se van a sentar a la mesa a cenar (es de noche como vemos por la ventana). Todos ellos están en una actitud muy pasiva, como dejando pasar el tiempo que marca el reloj de pared (también en el cuadro de Van Gogh hay uno).

Todo se trata de una escenografía muy cuidada. Es capaz de mostrar una perspectiva muy acentuada que se marca por las líneas del entarimado del suelo, y por las verticales que nos marcan la pared, la puerta o la ventana, pero también por los péndulos del reloj o la lámpara colgando del techo. Esa es la base para el uso de un colorido que evoca las alucinaciones de Van Gogh.

Lo cierto es que Marc Chagall había admirado siempre el color propio del pintor holandés, al cual había estudiado en profundidad durante sus años de formación. Y en este cuadro de sus comienzos, lo pintó en 1910, lo usa como inspiración y también como herramienta para demostrar todas sus capacidades. Hay que entenderlo así, como una obra en la que él sigue conformando su estilo y nos presenta una de sus influencias más claras e importantes. Tanto como lo pudieron ser los colores del Fauvismo, o las formas sinuosas y de arabescos propias de Matisse, o las descomposiciones que por esos años están triunfando entre los pintores del Cubismo.

Todo ello a él le servirá para dar forma a su particular y poética visión del mundo en el que se reúne la magia del París donde vive y los recuerdos de la ciudad de Vitebsk donde creció. Una fusión de ayer y el hoy, del presente y la memoria que va a inundar muchas de sus obras.