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Dama tocando el virginal de Vermeer

Publicado por A. Cerra

Dama tocando el virginal de Vermeer

Johannes Vermeer, gracias a cuadros como La encajera o Muchacha leyendo junto a la ventana es famoso por sus pequeñas escenas domésticas, casi siempre protagonizadas por mujeres que hacen sus labores o se entretienen en interiores hogareños. Unos cuadros que tenía una salida comercial relativamente fácil. Aunque el problema es que Vermeer era extraordinariamente lento pintando, entre otras cosas por su afán perfeccionista.

Solo se han podido catalogar unos 30 cuadros como auténticamente suyos. Y a su lentitud se suma que al mismo tiempo llevaba un hospedaje que había heredado de su padre y ejercía también un cargo en el ayuntamiento de su ciudad, Delft. Además de que también era marchante y experto en arte. Aún así, pese a tantas obligaciones, le llegó la ruina tras la invasión francesa de los Países Bajos en 1672. Y de hecho tras su temprana muerte a los 43 años, su viuda se vio obligada a malvender sus cuadros para sacar algo de dinero con el que alimentar a sus 8 hijos y saldar deudas.

Ese es el balance económico en la vida de Vermeer, pero luego está su reconocimiento como uno de los más grandes creadores del Barroco holandés del siglo XVII. Un pintor que en muchas de sus obras, aunque tuviera su apariencia de escenas domésticas, buscaba incluir detalles o elementos que recordaran a la gran pintura de mitología o de temática histórica a la que le hubiera gustado dedicarse.

Este cuadro de hacia el año 1670 es un buen ejemplo de ello. Tal y como dice el título nos presenta a Una joven mujer tocando el virginal, un tipo de instrumento musical de la familia del piano. La dama hace sonar las teclas pero al mismo tiempo dirige su mirada hacia fuera del cuadro, hacia nosotros. Y también se ve una silla vacía. ¿Significado? Pues bien, la música se tenía como “instrumento del amor”, así que parece ser que está retratando a una chica enamorada pero que ahora está sola. Posiblemente porque su pareja ha salido de viaje hacia tierras lejanas, posiblemente hacia las montañas de otros países, tal y como nos presentan el cuadro que hay colgado en la pared u otra imagen sobre el propio virginal. Y por si fueran pocas pistas, sobre la pared, el cuadro más grande no deja de ser una representación del dios Cupido.

No obstante, más allá de lo que represente, lo verdaderamente importante es la calidad pictórica de la obra. Como siempre en Vermeer destaca esa luz fría que entra por la ventana, que es capaz de iluminar toda la estancia y darle entidad a las texturas de cada material, desde el frío enlosado geométrico a las telas del traje de la mujer. Quien por otra parte está en el centro de la tela y la luz incide sobre su espalda, convirtiéndose en una especie de obstáculo que genera sombras en el resto de la estancia, lo cual le sirve al pintor para darle volumen a las cosas, desde el virginal a esa silla de terciopelo azul cruzada en el primer término.