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El pintor en su taller de Vermeer

Publicado por A. Cerra

Esta obra del pintor holandés Jan Vermeer van Delft es una especie de autorretrato del artista en su lugar de trabajo, y si destaca una cualidad en esta tela, esa es el prodigioso estudio de la luz que entra por el ángulo superior izquierdo del cuadro, donde se supone que está abierta una ventana invisible que baña de luz toda la estancia.

El pintor en su taller de jan Vermeer

La suavidad de la luz ilumina figuras silenciosas y los objetos cotidianos del taller del artista, en los cuales, prestando atención, se pueden ver todos y cada uno de los detalles, ya que cada elemento lo trabaja con igual esmero que si se tratara del retrato de un rostro.

Pero aún hay otro factor que hacen de esta obra una de las más importantes de su autor y de todo el Barroco holandés. Vermeer consigue crear la ilusión de la tercera dimensión gracias al embaldosado geométrico del suelo, y la presencia a la izquierda del cortinaje que se abre gracias a estar sujeto por una silla en escorzo, como si se abriera la escena para nosotros, los espectadores que nos integramos en la escena como si estuviéramos situados en el vestíbulo del taller del pintor.

Parece que el punto de vista para este cuadro fuera la visión que tiene un segundo pintor, el cual es capaz de llevar todo el protagonismo al pintor en sí, el retratado, ya que el centro de la composición es la diagonal que representa la mirada del pintor a su modelo femenino.

En realidad, retratándose Vermeer de espaldas, como quitándose protagonismo, convierte a su obra en una pura visión desinteresada, en un magnífico cuadro del género intimista.

Todo en la escena transmite dulzura y nitidez. La nitidez la logra a través de su maestría para el dibujo, unas líneas que le sirven para subrayar con precisión todos los elementos y detalles de la obra. Y la dulzura la logra con el tratamiento de los volúmenes, siempre conseguidos gracias a su magistral empleo de las luces y las sombras.

En fin, es una obra aparentemente simple, pero en la que todo, los colores, los volúmenes, la composición, la luz o los detalles, inspiran una sensación de perfección. Como ejemplo, basta fijarse en el rostro de la modelo que está posando para el pintor. Si nos acercamos al cuadro, descubriremos la belleza de su rostro y que lleva como pendientes una perla, lo cual lo une con otras de las más famosas y bellas obras de Vermeer, La joven de la perla.

Ese detallismo a la hora de acometer sus cuadros hizo que Vermeer no pintara un número elevado de obras a lo largo de su corta vida (1632-1675). Pero sin embargo, varias de ellas como esta de El pintor y su taller, la citada La joven de la perla, el paisaje representado en La Vista de Delft que era su ciudad natal o los archifamosos retratos de La encajera y La lechera, sin duda son obras maestras de la pintura barroca del siglo XVII en toda Europa.

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