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La marquesa de Seignelay con dos de sus hijos

Publicado por A. Cerra

Este peculiar retrato familiar sobre lienzo fue obra del pintor barroco Pierre Mignard (1612 – 1695), quien lo ejecutó en el año 1691. A este artista de origen francés se le conoció en la época como “el romano” ya que vivió más de 20 años en la capital italiana hasta que regresó a Francia por requerir sus servicios el rey Luis XIV.

La marquesa de Seignelay con sus hijos de Pierre Mignard

Durante sus años en tierras de Italia le fascinó siempre el trabajo de artistas como Anibale Carracci o Il Domenichino, e incluso su estilo se puede emparentar otro de los pintores franceses del Barroco por antonomasia: Nicolas Poussin. Sin embargo, cuando se asentó de nuevo en su país, descubrió que para distinguirse tenía que hacer algo diferente y por ello se aproximó mucho más a los vibrantes coloridos que había conocido estudiando a los pintores venecianos.

No obstante hay que decir que su arte jamás dejó de ser esencialmente francés y se adaptó a la perfección a los gustos de la corte del Rey Sol. Y un ejemplo estupendo de ello es este lienzo que hoy cuelga en las salas de la National Gallery de Londres, pero que fue un encargo de la aristócrata marquesa de Seignelay, la cual ya era viuda del que había sido poderoso ministro de la armada francesa: Jean Baptiste Colbert.

La mujer tuvo el capricho de que el artista la pintar como ninfa de Tetis, de la cual en las Metamorfosis de Ovidio podemos leer que nacería un hijo “cuyas hazañas superarán las de su padre y serán aún más grande que él”. Es decir que quería plasmar que alguno de esos dos hijos, con los que aparece retratada también está destinado a ser una figura relevante en la política francesa. De hecho según los relatos mitológicos el descendiente de Tetis fue Aquiles, y vemos a su hijo vestido con los atributos del héroe griego.

Eso en lo referente a la aparatosa representación, pero pictóricamente hay que decir que es una obra excelentemente resuelta y cumple a las mil maravillas con las expectativas de su encargante. Es una obra brillante, literalmente. Brilla por su colorido, es especial por ese gran manto azul eléctrico capaz de contrastar con la piel blanca de la dama o las perlas que luce. Así como también vibra de colorido el niño de la izquierda vestido con ropajes antiguos evocando a Aquiles.

No obstante volvamos a ese manto azul, un azul ultramar que en la época era un pigmento carísimo. De manera que usarlo de forma tan abundante proclamaba la riqueza de la mujer. La cual además aspiraba a ser amante del monarca, de ahí la presencia del otro hijo retratado como un pequeño Cupido que le ofrece joyas dignas de un rey. En definitiva, que todo el conocimiento que poseía Mignard de la mitología grecolatina y de las composiciones clásicas la supo poner al servicio de la pomposa y soberbia aristocracia francesa.

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