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Paisaje con castillo de Rembrandt

Publicado por A. Cerra

Rembrandt van Rijn se interesó hacia el año 1640 en pintar paisajes, si bien es cierto que ya lo había hecho antes con obras como Paisaje tempestuoso, pero fue a partir de ese año cuando lo hizo de modo más metódico.

Y para ello se inspiraba en las tierras flamencas donde vivió, en sus campos de labor, su mundo rural, los bosques, los molinos o la arquitectura tradicional, siempre todo envuelto por la atmósfera cargada y nubosa de los Países Bajos. Algo que hace tanto con lienzos pintados al óleo como en las imágenes que plasma en forma de grabados.

Son cuadros en los que combina dos modos de reflejar el paisaje. Por un lado hay ocasiones en los que lo hace de un modo muy realista, especialmente en sus grabados al aguafuerte. En llos se dedica a mostrar la fertilidad del paisaje holandés tan sumamente llano. Un paisaje con un horizonte muy bajo, lo que provoca que los cielos ocupen gran parte de la superficie de la obra, envolviendo todo en brumas y dándole una enorme lejanía a los espacios.

En cambio, la gran mayoría de óleos de paisaje que pintó tiene un carácter más poético y romántico, al ser vistas más fruto de la imaginación del artista que de la realidad. Ese es el caso de esta tela que pintó en el año 1643 y que en la actualidad se conserva en el Museo del Louvre de París.

Sin duda, aquí Rembrandt está pintado una visión ideal. Vemos con el horizonte se levanta por encima de un poco menos de la mitad de la imagen, de modo que el cielo cobra mucha importancia. Un cielo construido a base de color y transparencias. Un cielo que se convierte en el telón de fondo para que destaque la silueta de ese castillo, completamente irreconocible en ningún paisaje real de Holanda.

Ese castillo sin duda destaca, incluso da nombre al cuadro, pero también se funde con la naturaleza, ya que aplica los mismos tonos al entorno que al edificio. Todo lo crea a partir de colores ocres, tonos tierra, verdes y azules, y a ese abanico cromático les aplica unas transparencias casi submarinas que le proporciona a la vista una luz de carácter intemporal.

Como en tantas cosas, Rembrandt, un gran maestro del Barroco, es un verdadero adelantado a su tiempo, y utiliza el paisaje tal y como harán en el siglo XIX los artistas del Romanticismo. Es decir, usa el paisaje no como una vista realista sino como un motivo en el que expresar sus sentimientos y pensamientos. Y es que en este caso toda la imagen y ciertos detalles nos dan la idea de que se está asistiendo al paso inexorable y dramático del tiempo.

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