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«Cristo yacente» de Gregorio Fernández

Publicado por Chus

La escultura barroca española es diferente a la del resto de Europa. No existe prácticamente la escultura civil, sino que es básicamente religiosa, con un sentido de la imagen que expresa la religiosidad de España, que quiere convertirse en la cabeza de la cristiandad católica. Casi todas las obras son de madera policromada, que con la pintura tratan de conseguir los mismos efectos que en los lienzos, es decir, todos los matices que expresen el naturalismo, es la imaginería española. Las figuras, muy realistas son objeto de devoción popular. Entre los numerosos ejemplos de los distintos talleres de la España del siglo XVII, destaca en Castilla el “Cristo yacente” de Gregorio Fernández, el taller de Valladolid más destacado del momento perteneciente a la escuela castellana.

Cristo yacente

Es una obra realizada para los Capuchinos del Pardo, que fue sufragado por el rey Felipe III, según comunicó en 1614 su valido, el Duque de Lerma. En el gótico ya había surgido el tema del Santo Entierro, pero enseguida apareció el tema del “cuerpo muerto” exento, para tratar de impresionar con mayor fuerza al espectador solo con el dramatismo del mismo. Recordemos en la pintura del Renacimiento el “Cristo muerto” de Mantenga, o la aún más patética versión de Holbein.

Gregorio Fernández acomete el tema logrando establecer un tipo iconográfico de gran éxito dentro del cristianismo, siendo prototipo también del “paso procesional” de la Semana Santa. Muestra el cuerpo de Jesús desnudo yaciendo sobre un lecho, ya muerto, pues sus músculos están relajados, girado hacia el espectador, para que éste pueda percibir mejor las marcas de la Pasión. El tratamiento del desnudo nos remite a Velásquez, con un estudio anatómico perfecto y de gran interés, por su efecto de belleza plástica. El autor realiza una serie de detalles para provocar efectos naturalistas, como el ligero levantamiento del esternón o el jugar con direcciones opuestas en hombros y caderas. El sentimiento clásico del desnudo desaparece bajo el horror de la reciente agonía, visible en las llagas, pero sobre todo en la cabeza. El interés lo centra en el rostro, alargando los rasgos, mostrando regueros de sangre, los ojos entreabiertos, recurriendo para acentuar el naturalismo a elementos postizos, como los dientes de pasta, por ejemplo que asomas por sus labios resecos. Como su intención principal es crear en el espectador el sentimiento de realidad, las encarnaciones, heridas, moratones, etc., son de gran realismo, pero sin pretender caer en la exageración, solo con la pretensión de comunicar un sentimiento.

La fuerza expresiva de la imagen tuvo gran trascendencia, incluso el propio Gregorio Fernández realizó más de siete réplicas tanto para iglesias madrileñas como para conventos de Valladolid o Monforte de Lemos (Lugo), o la catedral de Segovia.

Su arte es profundamente realista y a la vez místico, tratando siempre de despertar la piedad popular a través de su figura descarnada y expresionista. Su patetismo y gran carga dramática lo enlazan con el gótico. En cuanto a la policromía, abandona los acabados y el uso del oro en aras de un mayor realismo. Los marcados plegados del paño que le cubre a medias por la zona genital y sirve de sábana, favorecen los contrastes lumínicos, dándole además un aspecto de metal muy característico de su escuela. Gregorio Fernández fue discípulo de Juni, del que tomó la expresividad y también de Leoni, del que saca la elegancia de la que dota a sus figuras.

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