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Cristo velado, Sanmartino

Publicado por Laura Prieto Fernández

A medio camino entre museo, capilla funeraria y templo masónico, la Capilla Sansevero de Nápoles alberga en su interior algunas de las producciones escultóricas más interesantes de todo Nápoles. Su programa iconográfico está destinado a resaltar y honrar las virtudes de algunos de los miembros más destacables de la familia Sangro a quien está dedicado el recinto. En su interior, un destacado conjunto de esculturas maravilla al espectador, sin embargo, una obra destaca sobre las demás, se trata del Cristo velado fabricado por el artista napolitano Giuseppe Sanmartino.


Sanmartino (1720- 1793) ha pasado a la historia de la escultura como uno de los mejores escultores del Settecento precisamente por la pericia que demostró en la ejecución de esta pieza. Con todo, la realidad es que la obra original no fue encargada a Sanmartino sino que, Raimondo di Sangro encargó la pieza en un primer momento al también escultor Antonio Corradini, sin embargo Corradini falleció cuando apenas había entregado un pequeño boceto de terracota. El encargo asó entonces a Sanmartino.

El artista fabricó la pieza a partir de un solo bloque de mármol; es una escultura exenta de tamaño natural que mide unos 180 centímetros de largo. El artista dispone el cuerpo sin vida de Jesucristo sobre un colchón rectangular con dos almohadones, a sus pies descansan algunas de sus últimas pertenencias: la corona de espinas, las pinzas y los clavos, conjunto que se conoce como Arma Christi. El cuerpo lánguido descansa boca arriba mientras que la cabeza se ladea hacia uno de los laterales.


El conjunto aparece cubierto por un finísimo velo que ha levantado más de una conjetura, ya que, sin lugar a dudas, es el aspecto más relevante de la pieza. A través del velo se puede apreciar perfectamente el resto de la pieza, las secuelas del sufrimiento del calvario. Durante mucho tiempo corrió la leyenda de que una pieza tan excepcional no pudo ser realizada en mármol y que lo cierto es que el propio príncipe Raimondo di Sangro -conocido por su faceta de científico y alquimista- había enseñado al escultor a transformar la tela en piedra a través de un proceso de calcificación. Hoy en día y tras los estudios realizados, sabemos que se trata de un único bloque de mármol que el artista trabajó con gran virtuosidad.

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