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Cristo de Lecina

Publicado por A. Cerra

La Colegiata de Santa María la Mayor de Alquézar es un monumento de primer orden en muchos aspectos. Primero por su espectacular emplazamiento y su interesante arquitectura originada en tiempos románicos y modificada durante los siglos posteriores. Además en su interior guarda un sinfín de obras de arte de distintas épocas y disciplinas creativas. Desde retablos a pinturas murales góticas, pasando por una serie de capiteles románicos labrados en su claustro pentagonal que podemos considerarlos entre los más interesantes del norte de España.

Cristo de Lecina

Y por si fuera poco tiene una obra de extraordinario valor por su rareza. Nos referimos al Cristo de Lecina, una talla en madera de pino a mediados del siglo XII. Un tipo de escultura policromada que aunque pudo ser muy habitual en la Edad Media, lo cierto es que han llegado muy pocos ejemplares hasta nuestros días. El arte en madera con siglos de antigüedad siempre es algo raro y muy codiciado, ya que hay que tener en cuenta que muchísimas piezas de ese material han sido pasto de las llamas en los habituales incendios de antaño. Además, al tratarse de piezas relativamente ligeras eran un objeto fácil trasladarlas de un lugar a otro, y eso en ocasiones podía ocasionarles daños o sencillamente desaparecer por robos, expolios, o simples compra-ventas.

De hecho, la escultura del Cristo de Lecina no es originaria del templo de Alquézar. Aquí llegó en el siglo XVII, cuando la acaudalada familia Lecina creó la capilla del Santo Cristo, en principio de ámbito personal dentro de la Colegiata. Fue entonces cuando se trajo hasta aquí esta representación de Cristo Crucificado.

Su valor no solo se debe a su carácter de pieza relativamente única, también porque plasma un momento de cambio en las tendencias artísticas. Este Cristo está a caballo del arte románico y el gótico. Se sabe la fecha concreta en la que se talló, fue en 1152, y su autor nos presenta una crucificado de cuatro clavos, es decir, dos en las manos y otros dos en los pies separados, lo cual es más propio del Románico. Sin embargo, la postura con la cabeza inclinada, indicando cierto sufrimiento, así como el rostro con algo una expresión tranquila ya son elementos que caracterizaran este tipo de Cristos crucificados durante la época del Gótico.

Y por cierto, una última curiosidad, los diferentes estudios que se le han hecho a la obra, entre ellos, una completa restauración a finales del siglo XX, acreditan que en origen era una figura con los brazos articulados, lo cual sin duda facilitó su transporte.

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