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El Coloso de Constantino

Publicado por A. Cerra

Los vestigios de la Basílica de Magencio son una de las zonas más espectaculares y grandiosas que todavía se mantienen en pie en el Foro Romano que ocupa el corazón histórico de la actual capital de Italia. Pues bien, dentro de este gran edificio de carácter administrativo, entre dos grandes columnas ubicadas en un ábside del edificio, el emperador Constantino el Grande (280 – 337) mandó ubicar una enorme escultura en su honor. Precisamente Constantino había vencido en la batalla de Puente Milvio a su predecesor, Magencio, y colocar esta colosal figura en este edificio terminaba de corroborar su triunfo.

Coloso de Constantino

Incluso hay quien dice que la escultura inicialmente estaba dedicada a Magencio, y Constantino hizo cambiar detalles para que llevara su nombre.

De una forma u otra, estamos hablando de una obra de dimensiones enormes. La denominación de Coloso de Constantino no es baladí, ya que por los restos que hoy se conservan en el patio del Palacio de los Conservadores, dentro de los Museos Capitolinos de Roma, se puede asegurar que la escultura medía unos 12 metros de altura, y en él aparecía el emperador sentado, y levantando un cetro o una lanza con su mano derecha.

Esas medidas son fáciles de extrapolar al sacar la proporción respecto a los restos conservados. Por ejemplo, la cabeza mide 2,6 m. de altura, la rodilla derecha casi 80 cm, igual que el gemelo de la pierna izquierda. O los pies rondan los 2 metros de largo. Hay más restos de una mano, del brazo, de un hombro…

Coloso de Constantino – Pie izquierdo

Todo ello en mármol, aunque la obra se hizo por la técnica del acrólito. Es decir, lo que eran partes del cuerpo desnudas, sin cubrir, se hicieron en mármol blanco. Mientras que había una estructura de madera y ladrillo para otras zonas cubiertas por una túnica, la cual se simulaba con modelado de bronce e incluso con notas de mármol de colores.

Lo cierto es que los restos que hoy se exponen fueron hallados en el año 1486 en la mencionada Basílica de Magencio. Y para entonces ya estaba por partes y no había ni rastro del bronce que había sido robado y reaprovechado.

El caso es que esta obra ejemplifica un momento concreto del arte romano imperial, que de alguna forma ya había perdido su humanismo. No solo en lo referente al tamaño de la figura. Si no también respecto al realismo en el retrato. El rostro no es un retrato del emperador, sino la de un ser hierático, que pretende relacionarse con algo divino y venerable. Si bien, en la actualidad al no estar el conjunto tan solo impresiona por la escala desproporcionada de sus rasgos.

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