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La imaginería española en el Barroco (III)

Publicado por Chus

Tabla de contenidos de La imaginería española en el Barroco

  1. La imaginería española en el Barroco (I)
  2. La imaginería española en el Barroco (II)
  3. La imaginería española en el Barroco (III)


Dentro de la escuela andaluza destaca la ciudad de Sevilla, gran centro ya en el siglo XVI, que se mantiene en el siglo XVII como una de las ciudades más cosmopolitas, a la que acuden los comerciantes que se relacionan con América. Ya en el Renacimiento las escuelas locales sevillanas mostraron una gran influencia del idealismo italiano, desde luego bastante más que la escuela castellana, lo que se va a traducir en una escultura más preocupada por la belleza, la vistosidad, una cierta tendencia al idealismo y una expresividad un tanto diferente, como más contenida.

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Dentro de esta escuela, la figura principal tal vez sea Martínez Montañés (que según Pacheco, el suegro de Velázquez, se había formado en Granada). Practica una escultura realista, aunque caracterizada por una serenidad más clásica que la de Gregorio Fernández, con unos plegados menos cortantes y un menor dramatismo en los efectos de la policromía de las imágenes realizadas en madera, cubiertas luego por finas capas de estuco, que posteriormente se colorea y policroma, buscando la mayor naturalidad posible, prefiriendo las encarnaciones mates, para acentuar así el realismo.

Entre sus obras destacan los retablos, como el de Santiponce (Sevilla), que responde al esquema de diseño de dos cuerpos y tres calles, como era habitual desde el manierismo, o tipos iconográficos que fueron modelo para generaciones posteriores, como la “Inmaculada”, representada como una mujer joven, con el manto caído sobre los hombros, recogido sobre una de sus puntas, lo que produce en la tela amplios plegados que dotan de gran serenidad a la figura.

Pero tal vez la obra maestra del “maestro” andaluz, sea el “Cristo de la Clemencia”, llamado también “Cristo de los Cálices”, sito en la catedral de Sevilla, que le fue encargado por el canónigo Vázquez de Leca en 1603. En el contrato de encargo se estipulaba que Cristo debía de estar aún vivo, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, como si el propio Jesús hablase con el orante y le explicase que lo que está padeciendo y sufriendo es por él. Consigue así una destacada conquista barroca, al lograr la comunicación entre Jesús y el fiel, entre la obra de arte y su espectador. Montañés presenta a Cristo sin excesivo dramatismo, con poca sangre, todavía vivo, sujeto a la cruz con cuatro clavos (a diferencia de la escuela castellana, que lo presenta con tres), que acaba convirtiéndose en distintivo de la escuela sevillana. Rompe el tradicional paralelismo de las piernas al disponer los pies cruzados. El paño, distribuido en un rombo central y dos masas de tela que caen por la parte posterior y laterales de la figura, está anudado a un lado y tiene total verosimilitud con el natural, mostrando claramente la diferencia con los pliegues angulosos de Fernández, recordando más los plegados clasicistas italianos. La policromía mate aumenta la sensación de realismo que se busca con esmero. El perfil vertical de la figura, la entrega de su ser, el estar sujeto por los dos clavos de las manos de las que cuelga el cuerpo a punto de abandonarse a la muerte, la serena expresión del rostro y del gesto, toda esta serie de detalles, espiritualizan la talla divinizándola, convirtiéndola en una expresión de Cristo Redentor ofreciéndose como chivo expiatorio para redimir a los hombres de sus pecados.

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