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Monumento al Príncipe Alberto en Londres

Publicado por A. Cerra

Este monumento en Londres es algo más que el recuerdo a un gobernante muerto. Se puede considerar el gran símbolo de toda un época, la de Imperio Británico que se extendía por todo el planeta.

Se trata de una construcción creada entre 1863 y 1876 en la que intervinieron diversos artistas, comenzando por el arquitecto Sir George Gilbert Scott y siguiendo por un amplio grupo de escultores entre los que destacan John Henry Foley o Henry Hugh Armstead. Entre todos ellos concibieron un gran tabernáculo que se puede considerar una de las máximas expresiones del estilo victoriano.

Monumento al Príncipe Alberto

Este estilo es único y exclusivo de Gran Bretaña, de hecho se tiene por algo así como el estilo nacional británico, pese a que estéticamente bebe de distintas influencias. Por ejemplo, las formas del templete sin duda nos recuerdan al arte italiano y clásico, aunque es innegable el aire medieval del conjunto. Mientras que los mosaicos y los mármoles de diferentes colores son un influjo del arte italiano de finales de la Edad Media.

Y eso no es más que el principio, porque luego hay que ver la riquísima decoración escultórica, por momentos fastuosa y repleta de alegorías con las que se quiere homenajear al propio príncipe Alberto, pero sobre todo a esa época de gran poderío imperial.

Por ejemplo, en la base hay cuatro alegorías con sendos grupos marmóreos que representan la Industria, el Comercio, la Agricultura y la Ciencia, pilares económicos del reino. Y uniendo esos grupos hay un largo friso con la representación de cientos de personajes de las artes, las letras y la música de las más variadas épocas y procedencias. Esta parte sería casi toda obra de Armstead (1828 – 1905).

Escultura del Príncipe Albert

En cambio la parte superior es principalmente una creación de Foley (1818 – 1874), quien diseñó la colosal escultura del príncipe bajo esa edificación tan peculiar y la rodeó de nuevo con otras cuatro alegorías de mármol. En este caso para representar los continentes por los que se extendían los dominios del imperio. Es decir, allí podemos ver un elefante, un camello o un bisonte que son la representación de Asia, África y América, respectivamente.

Lo mejor de la obra seguramente es que pese a las distintas manos y artistas que trabajaron en él, se aprecia una gran unidad formal. Todos se supeditan a unas normas que por entonces se tenían por académicas. Algo que por una parte le resta emotividad a la obra, si bien es muy esclarecedora de la mentalidad de la época y del espíritu de alabanza que inspiraba este monumento, para el que no debían caber las excentricidades y solo honrar al Imperio.

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