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Amapolas, Monet

Publicado por Laura Prieto Fernández

El triunfo de la estética impresionista llevó a cabo muchas modificaciones en el campo pictórico y entre ellas una de las que más destaca es la idea de que el pintor debía salir del taller e incluso de la ciudad para pintar al aire libre, dando lugar a la conocida como pintura plain air o pintura al aire libre. En este sentido muchos pintores impresionistas optaron por salir al campo o a las afueras de las grandes ciudades para encontrar la inspiración que se encontraba perdida alejándose del ruido y la ociosidad de las urbes cada vez más abarrotadas de gente y modernizadas.

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Claude Monet (1840 – 1926) está considerado como uno de los padres del movimiento impresionista y seguidor de la tendencia plain air. La obra que aquí analizamos y que se conoce como Las Amapolas o Las Amapolas de Argenteuil es un lienzo pintado por el artista impresionista en torno al año 1873 y que en la actualidad se conserva en el Museo de Orsay de Paris.

En julio de 1870 Monet se traslada con su familia a Londres para evitar ser reclutado al frente en la Guerra Franco Prusiana, a su vuelta el pintor se instala en Argenteuil donde conoce al pintor Caillebotte y donde su pintura adquiere inevitablemente un ambiente más naturalista. En esta ocasión el pintor representa un campo de amapolas por el que pasean distraídamente cuatro personas.

En primer término y vestida con un conjunto oscuro que resalta en el florido campo, encontramos a la mujer del artista, Camille, que tantas veces le sirvió como modelo. La dama pasea bajo una sombrilla al lado de un niño pequeño que no es sino el hijo del artista, Jean. En un segundo término y casi camuflados entre los campos de amapolas aparecen otras dos personas, seguramente algunos amigos del artista y de su mujer en Argenteuil. Las luces malvas del cielo nos hablan de una escena al atardecer en las que unas nubes con tonalidades blancas y amarillentas surcan los cielos azulados. En el campo el artista entremezcla los verdes de la hierba con los rojos de las amapolas que recrean cascadas de flores como si éstas cayesen por una pequeña colina en la pradera natural.

En realidad toda la concepción del lienzo está basada en líneas curvas, así plantea el artista la línea del horizonte y las copas de los árboles que la coronan, otorgando al lienzo un movimiento fluido y ondulante, en el que se aprecia la tranquilidad del campo y la suave brisa del viento.

La pincela es tan rápida como suelta y con una buena carga de empaste como era típico en el artista. Los colores aplicados en la sintonía impresionista, dispuestos unos junto a otros haciendo que éstos se mezclen en la retina del espectador y evitando el negro a toda costa.

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