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Autorretrato de Murillo

Publicado por A. Cerra

Posiblemente lo más famoso del pintor barroco Bartolomé Esteban Murillo sean sus inmaculadas y sus vírgenes, muy propias de un momento histórico en el que España representaba el máximo representante de la Contrarreforma y el Catolicismo. Sin embargo en la producción de este pintor sevillano también son muy representativos de su arte los cuadros de temática costumbrista y algunos de sus retratos. Unas obras en las que frente a la ambientación espiritual y sacra de sus imágenes religiosas, aquí impera la veracidad. Algo que también inspira su autorretrato hecho entre los años 1670 y 1673. Una obra que hoy en día cuelga en la National Gallery de Londres y que realizó por el empeño de sus propios hijos, tal y como se puede leer en la cartela que aparece en la parte baja del lienzo: “Bartolomé Murillo se retrató para complacer los deseos y los ruegos de sus hijos”.

Autorretrato de Murillo

El cuadro es muy del gusto de los retratos de Flandes, y de hecho en Sevilla donde vivía Murillo, había muchos comerciantes flamencos y holandeses, y algunos de ellos era buen amigo del pintor. Como el propio Nicolás de Omazur quien se preocupó de qué Murillo y su autorretrato alcanzaran popularidad, algo que logró haciendo de él una serie de grabados en Amberes.

En él vemos el retrato del pintor en el interior de un marco ovalado con molduras. Un marco apoyado sobre una pequeña mesa en la que se descubren útiles y elementos propios del oficio de pintor. Murillo se está retratando del mismo modo que lo hacen los caballeros, pero eso no desmerece para que incluya las herramienta de su trabajo. Allí están la paleta y pinceles, así como el lápiz, el compás y la regla, algo con lo que también alude a que trabaja con rigor, con un método. Es decir que se trata de un artista culto y que domina las matemáticas. Mientras que el lápiz hace mención a su calidad para el dibujo, algo que le apasionaba y que le indujo a ser uno de los fundadores y primer presidente de la Academia de Sevilla.

Aparece vestido de negro, todo sobriedad, y con un cuello de encaje que hace destacar su rostro. Y como elemento que le da vida a toda la composición, apoya su mano fuera del marco. Lo cual le da además perspectiva y profundidad al retrato.

Sin duda vemos toda la maestría de Murillo en esta obra tan personal, sobre todo en lo referente al color y la luz. En cuanto al color, es capaz de construir toda obra con el negro, el blanco y tonos ocres, con la salvedad de algún color más vivo en la paleta que ha dibujo bajo el marco.
Y en cuanto a la luz, llama la atención que abandona los tonos mágicos y encantadores de sus obras religiosas, para aquí centrarse en una luz fuerte, la cual obviamente proporciona sombras oscuras y penumbras con las que modela las formas de su figura.

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