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Caspar David Friedrich (IV)

Publicado por Chus

En el cuadro “Monje junto al mar” de 1808-1810, rompió todas las reglas que había hasta ese momento de cómo debía hacerse un paisaje. Se trata de una marina con un monje solitario, en que lo que destaca es la monotonía y la ilimitación del paisaje, con lo que Friedrich echa por los suelos la tradición pictórica. La estructura del cuadro carece de profundidad, la estrecha orilla de dunas es una franja blancuzca que se eleva hacia la izquierda en ángulo y que, desde la cima en que se encuentra el monje cae hacia la izquierda. La única línea vertical es la figura del monje y la horizontal del horizonte queda muy al fondo. En medio la estrecha franja oscura del agua que, no muestra nada del mar, ya que el cuadro consta en sus cinco sextas partes de cielo. Hasta la línea del horizonte, es fácil aún orientarse, todavía hay referencias coordenadas de tamaño, puesto que el monje sirve como unidad de medida, sin embargo el fondo del cuadro ya no puede medirse. El azul despierta también la impresión de profundidad que se repite y refuerza por encima de los bordes más claros de las nubes. Además todas las líneas se fugan del cuadro sin tener en cuenta la limitación lateral, por lo que el marco parece un corte arbitrario del encuadre.

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El contenido simbólico sería que el monje imbuido en su pequeñez, medita sobre la inmensidad del Universo y la inmensidad e la ilimitación le dan conciencia de su impotencia terrenal. El gesto con que apoya su cabeza en las manos señala postración y humildad. Se representó a sí mismo en la figura del monje, convirtiendo así la obra de arte en una confesión de sus conceptos del arte y de la vida. Arte y vida forman un todo, cumpliendo así una de las exigencias del romanticismo. No creó esta obra de una sola vez, sino que la modificó profundamente cuatro veces y la presentó en la Exposición de Berlín, junto a otra obra “Abadía en el robledal”. En ella también vacía el primer plano, para concentrarse en las ruinas, tras las cuales levanta un muro de niebla pardo-grisáceo que elimina toda sensación de volumen. Por encima, aparece el cielo iluminado por el brillo del atardecer, con la luna en cuarto creciente. Los dos estratos del cuadro están separados y no se comunican entre sí. El fondo, irreal, soñado, es una pared diáfana, en el que el cortejo de los monjes se mueve alejándose del espectador.

En 1810 Friedrich vuelve a representarse de nuevo en el cuadro “Paisaje de montaña con arco iris”, curiosa pintura que no tiene en cuenta la realidad de la Naturaleza, al colocar dos fuentes de luz, una a espaldas del espectador, hace visible el arco iris e ilumina el primer plano donde se encuentra la figura humana; la otra sobre el cenit del arco, consiste en una luna que asoma entre nubes. De nuevo el cuadro sirve al pintor para hacer una confesión, ya que como en “Monje junto al mar” su figura se entrega completamente a la contemplación, apoyado en las rocas, el hombre humillado contempla el arco iris por encima de las oscuras montañas de las que le separa un profundo valle. Así cerca del precipicio y expuesto a caer en él, la contemplación del arco iris, simboliza la reconciliación entre Dios y los hombres, significa la salvación del mundo. Día y noche, vida y muerte, se aúnan, elevando el tiempo a una esfera más próxima a Dios. La luna y el sol que, en el arte medieval se asignaban a Cristo como signo de eternidad, se unen aquí en una relación simbólica semejante.

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