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Cristo resucitado de Rubens

Publicado por A. Cerra

Posiblemente esta obra de Peter Paulus Rubens no sea la imagen más emblemática que tenemos de la extensa producción de este artista flamenco del Barroco. Los cuadros de Rubens suelen estar repletos de personajes, generalmente muy activos. Bien sea en escenas religiosas como La casa del fariseo o en cuadros de temática mitológica como puede ser Perseo y Andrómeda.

Cristo resucitado de Rubens

Y en ellos tampoco suelen faltar las mujeres, siempre con cuerpos rotundos, que se muestras tanto vestidas como puede ser en el Jardín del Amor, como desnudas en su emblemática tela de las Tres Gracias.

Sin embargo, su obra Cristo resucitado pintada hacia el año 1616 es diferente. En el caso de este lienzo que se conserva en la Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia adonde llegó tras ser conseguido a comienzos del siglo XVIII por Gran Príncipe de Toscana, Fernando de Medicis.

En este cuadro, prácticamente toda la tela está ocupado por el cuerpo de Jesús que sale de su sepulcro. Pero ese personaje casi único no impide que el cuadro esté lleno del característico movimiento lleno de energía que caracteriza las escenas rubensianas.

Cristo parece tomar un impulso para ascender. Está saliendo de la tumba, y la presencia de los angelotes a nuestra izquierda y del arcángel a la derecha marcan la dirección hacia lo celestial. Pero es una acción portentosa, de hecho los cabellos y túnicas de esos personajes parece ser agitadas por un vendaval que mueve el propio Jesucristo al salir del sepulcro.

Lo hace con una fuerza irrebatible, y el pintor lo presenta de una forma muy ilusionista. Vemos su pie izquierdo avanzando, casi en perpendicular hacia nosotros, avanzando hacia el espectador, y simulando no solo que sale de la tumba, sino que en cualquier momento puede abandonar el lienzo.

Es como si asistiéramos en directo al preciso momento de la resurrección. Al mismo despertar de Jesús. Por un tiempo ha estado muerto y completamente apegado a la tierra, pero ya ha despertado, ha resucitado, y ya no es hombre. Se levanta y vemos un cuerpo enorme pero que pese a su musculatura, peso y plenitud física ya es etéreo. Una escena que los angelotes contemplan asombrados, y nosotros también.

Es una escena que rebosa una fuerza absoluta, una característica muy propia del arte de Rubens. Y también tiene todo el dramatismo del arte Barroco. Tan solo el propio Jesús, el protagonista, parece ser que es el único que no se sorprende ante semejante acontecimiento.

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