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El castillo de naipes de Chardin

Publicado por A. Cerra

El castillo de naipes de Chardin

En la época de Jean Simeon Chardin (1699 – 1779) los cuadros más valorados eran los de grandes composiciones mitológicas y con relatos heroicos. Sin embargo este artista nunca se dedicó a esos asuntos, y su arte se centró principalmente en los cuadros de bodegones, de animales y de escenas de niños. Géneros que se consideraban menores.

Lo cierto es que Chardin carecía de formación académica, sobre todo en lo referente al dibujo. Este parisino había estudiado en la escuela del gremio de San Lucas, al cual se integró con el paso de los años. Y es que aunque sus géneros no fueran los más valorados, lo cierto es que no le faltaron encargos y clientes, por eso sus obras fueron adquiridas por muchas de las familias adineradas de la época, tanto aristócratas como burguesas.

Hubo quien se lamentaba de su incapacidad para pintar temas más “elevados”. Pero al mismo tiempo, también hubo opiniones como las del ilustrado Denis Diderot que consideraban que pintura tenía una magia difícil de comprender, pero admirable.

Al igual que otros pintores, como Joseph Aved, alababan su trabajo. De hecho fue gracias a este otro artista como empezó a hacer imágenes de escenas cotidianas, muchas veces inspiradas en los cuadritos de género tradicionales de Países Bajos. De ahí que inicialmente sus escenas las protagonizaran criados y cocineras trabajando en las cocinas. Pero fue tal el éxito, que pronto se le encargaron cuadros ambientados en los salones y comedores de las casas de los burgueses, y ahora ya con las figuras de los hijos de los clientes. Como en este caso o en su famoso lienzo de la Bendición de la mesa.

El cuadro que hoy nos ocupa lo realizaría entre los años 1736 y 1737, y en él retrató al hijo de Lenoir, un marchante amigo de él que se dedicaba al comercio de muebles y a la ebanistería.

Para ello se inspiró en el tema del castillo de naipes que había sido muy habitual en las vanitas del siglo pasado, como símbolo de lo inútiles que resultaban ciertos esfuerzos del ser humano, que al fin y al cabo eran tan frágiles como un castillo hecho con naipes.

Aquí la construcción de un castillo con las cartas de la baraja se usa como divertimento para el muchacho. Y para reflejarlo usa una composición dominada por la geometría, casi contraviniendo ese mensaje tradicional de fragilidad. Así como también la escena también trasmite mucha estabilidad gracias a la armonía de colores, la cual a su vez está envuelta en una agradable luz cálida, directa en algunos puntos e indirecta en otros.

Un cuadro sin duda de enorme calidad y con esos peculiares efectos lumínicos y de color que se sospecha que hacía con sus propios dedos, más que con los pinceles. Quizás fue ese era el efecto mágico del que hablaba Diderot y por el que fue capaz de triunfar en su época sin llegar a tratar esos temas “superiores” de héroes y mitos.