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Niño jugando a la peonza, Chardin

Publicado por Laura Prieto Fernández

La obra que aquí nos ocupa es conocida como El niño de La peonza, uno de los lienzos del pintor francés Jean Simeón Chardin que mejor representa el arte de un artista que, a lo largo del siglo XVIII marcó la diferencia en la pintura francesa de la época y se alejó de los convencionalismos rococós y galantes que dominaba la pintura y la sociedad francesa en general.

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Jean Simeón Chardin (1699 – 1769), también conocido sin razón aparente Jean Baptiste Chardin, es uno de los pintores más destacados del siglo XVII en Francia. Hijo de un ebanista, no son muchos los datos que se tienen acerca de su formación pero parece ser que pudo iniciarse en el arte de la pintura junto con Pierre Jaques Cazes o Nicolás Coypel. Parece ser que son precisamente esos, orígenes humildes lo que orientan la pintura de Chardin hacia el pequeño género; no debemos olvidar, que por el siglo XVIII la Academia establecía una jerarquía en la que la temática de la pintura estaba jerarquizada siendo el género de historia el más importante y destacado de todos y el bodegón –o género de pájaros y frutas como también se conocía- era uno de los más humildes.


En esta ocasión el artista nos presenta un óleo sobre lienzo de pequeño formato –la obra apenas supera los setenta centímetros de ancho y poco más de sesenta centímetro de alto- en la que representa a uno de los hijos de un importante joyero francés, Charles Godefroy. La escena se representa en el interior de la vivienda familiar, en el estudio o la biblioteca; aparece un niño de unos diez años de edad que viste elegantes ropas y lleva peluca. Su atuendo, y la obra en general, nos hablan de los profundos cambios sociales que se estaban llevando a cabo en la Francia del siglo XVIII. Hasta la fecha era impensable que un miembro de la baja burguesía encargase una obra pictórica, pero en esta época los criterios sociales del Antiguo Régimen comenzaban a tambalearse en pro de las ideas liberales que posteriormente se difundirían con la Revolución de 1789.

El joven aparece ataviado con peluca blanca, según el gusto de la época y vestido con casaca negra y camisa blanquecina; permanece de pies, absorto en la contemplación de su juguete, una peonza que gira sobre la mesa. En un segundo plano aparecen unos libros y un tintero con plumas. El fondo de la habitación es neutro pero el artista ha dispuesto unos listones verticales que rompen con la horizontalidad que domina la composición.

El lienzo de Chardin es la reivindicación ante el mundo infantil que comenzaba a valorarse a principios del siglo XVIII, pero también es la conjunción entre el juego y la educación de los jóvenes, uno de los aspectos que más preocupará a los liberales. De hecho, si por algo se caracteriza Chardin es por encontrar la magnificencia en las cosas más sencillas, en los pequeños detalles alejados de las conductas reprobatorias de la corte.

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