La institutriz de Chardin

La institutriz de Chardin
Jean Baptiste Siméon Chardin fue un pintor francés de estilo Rococó que de alguna forma está considerado como el mejor pintor de pintura de género y de bodegones de su época. De hecho llegó a ser el maestro de otros de los más famosos artistas rococós de la época, el también francés Honoré Fragonard. Chardin nació en el año 1699 en el seno de una familia de ebanistas, pero pronto demostró su maestría con los pinceles y entró como aprendiz en el taller de Van Loo para después, en 1728, ingresar en la Academia de Pintura. En 1728 fue recibido en la Académie Royale de Peinture et de Sculpture como peintre d’animaux et de fruits, categoría que refrendó su prestigio temprano. Conviene precisar que el discípulo citado es Jean‑Honoré Fragonard, forma completa usual en la bibliografía.
En pocos años alcanzó una sólida reputación, e incluso algunas obras suyas fueron adquiridas por el rey francés. De manera que disfrutó de prestigio en vida, siendo incluso nombrado Tesorero de la Academia en 1752 y trabajando de forma continua hasta su muerte en 1779 a los 80 años de edad.
Por todo ello, su pintura refleja el mundo de la burguesía ilustrada de la Francia dieciochesca. Algo que hizo con una técnica muy meticulosa y un acusado sentido del color, gracias al cual los tonos de cada una de sus obras armonizan a la perfección con el tema tratado. De hecho, su pintura transmite la idea que mirar una obra de arte ante todo ha de ser un acto placentero.
Aunque activo en pleno Rococó, Chardin rehúye el exceso ornamental y cultiva una contención deliberada, con paleta sobria y silencios domésticos de tono moral.
Esa mirada a lo cotidiano dialoga con pintura de género holandesa del siglo XVII, sin perder acento francés.
Este es el caso de esta obra titulada La institutriz que realizó sobre lienzo y al óleo en el año 1739, una obra que se exhibió aquel año en el Salón de París. El título original es La Gouvernante, conocida en inglés como The Governess, denominaciones del catálogo de la National Gallery of Canada, Ottawa. De hecho, el registro confirma 1739 y óleo sobre lienzo, y anota su presentación en el Salón de París ese año. Y pese a su pequeño tamaño (46 x 37 cm) gozó de la admiración del público. Posteriormente y por azares del destino, la obra viajó hasta la National Gallery de Ottawa, donde se expone en la actualidad.
La imagen hay que comprenderla dentro del contexto biográfico de Chardin. Porque el pintor enviudó a los 36 años y quedó a cargo de sus dos hijos de corta edad. A ello se debe la intimidad que nos plantea en la imagen, y su capacidad para plasmar con intensidad escenas domésticas como ésta, ya que sin duda tuvo que contar con el apoyo de institutrices para la educación de sus hijos.
La obra se integra en escenas domésticas moralizantes que Chardin desarrolla a finales de 1730 y comienzos de 1740, con la educación como eje.
En ese conjunto figuran Le Bénédicité (1740) y La Mère laborieuse (hacia 1740), donde disciplina y trabajo modelan un ideal burgués comparable.
Vemos a la señora que hace de institutriz sentada y de alguna forma aleccionando al joven. Al mismo tiempo está cepillando el sombrero que se ha de poner el muchacho, como acicalandolo antes de que salga a la calles. Concretamente va a la escuela, ya que lleva sus libros, y es que en primera instancia los niños recibían la educación en casa para luego acudir al colegio, de manera que la institutriz está como haciendo hincapié en algunas recomendaciones que le ha podido dar previamente al niño. Es decir, pese a la antigüedad del cuadro, nos está presentando un tema totalmente atemporal, el paso del niño a la edad adulta y la necesidad de hacer caso a sus mayores.
A eso alude la puerta semiabierta que se ve al fondo de la tela. Una puerta al exterior, donde no se sabe que le espera al joven. Y si eso es al fondo, en primer plano, en la parte inferior izquierda quedan los juguetes de la infancia tirados en el suelo, una baraja, una raqueta y su volante, como abandonados, y simbolizando el paso de la infancia a la juventud. Se reconocen un battledore con su shuttlecock y una baraja, pasatiempos dieciochescos que Chardin relega al suelo con evidente intención moral. La puerta entreabierta actúa como umbral, y los libros del muchacho señalan el paso del juego a la responsabilidad.