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Fantasía árabe de Delacroix

Publicado por A. Cerra

El pintor francés Eugéne Delacroix (1799 – 1863) es la máxima expresión de la pintura revolucionaria y del arte romántico. Aunque si se leen sus diarios se descubriría que fue un personaje al que no le hubiera gustado excesivamente esa etiqueta ni la calificación de un rebelde casi fanático. En realidad, se trató de una persona con un carácter bastante complejo, que a lo largo de su vida se interesó por múltiples y variadas cuestiones. Sin embargo su actitud de enfrentamiento a la normas del arte más académico, si que lo convierten en un revolucionario artísticamente hablando, además de que sus ideas políticas también estuvieran muy cercanas a los ideales generados con la Revolución Francesa.

Fantasía árabe de Delacroix

Fantasía árabe de Delacroix

Delacroix detestaba el gusto por las pinturas de ambiente griego y romano propio del arte del Neoclasicismo, representado por pintores como David y su emblemática obra El Juramento de los Horacios. Ni le atraía la temática, ni la constante imitación a las esculturas clásicas, ni la importancia que se le daba a la precisión del dibujo y a las representaciones casi de corte arqueológico.

De hecho, sus referentes pictóricos no eran Nicolas Poussin o Rafael como lo eran para los pintores más académicos. En cambio él admiraba la pintura veneciana y las obras barrocas de Rubens.

En respuesta a la alta cultura y a la pasión grecolatina que invadía el arte más oficial de Francia, él decidió emprender un camino completamente diferente y viajó hasta Marruecos. Donde pintó infinidad de acuarelas como el Patio de Tánger y muchos bocetos que le servirían de inspiración para alguna de sus obras maestras como la célebre Matanza de Quíos.

Durante ese viaje quedó fascinado por los colores del norte de África y por la atmósfera exótica y orientalizante que respiró allí, donde realizó esta obra de Fantasía árabe de 1832 que hoy se puede ver en el Museo Fabre de la ciudad francesa de Montpellier.

Si comparamos este cuadro con las obras anteriores de estilo neoclásico, se puede ver que todo es radicalmente opuesto. Para empezar la composición no se rige por un equilibrio forzado. Tampoco hay precisión alguna en el dibujo, ni en los contornos de las figuras. Por supuesto no es un tema ni moralizante, ni de corte patriótico, ni siquiera edificante.

Lo único que Delacroix buscaba con esta imagen era plasmar el movimiento, y hacer partícipes de él a los espectadores. Deleitarse con el galope de la caballería árabe, con toda su fuerza y vigor, representada especialmente en el caballo pura sangre sobre dos patas que encabritado ocupa el primer plano de la escena. En definitiva, se trata de una pintura que contiene todos los elementos prototípicos del arte del Romanticismo. Es decir, todo está dominado por el color, el movimiento y los aires de exotismo que tanto les gustaron a los artistas de esta corriente artística.

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