La cómoda de Cézanne

La cómoda de Cézanne
Esta Naturaleza muerta sobre la cómoda la realizó Cézanne entre los años 1883 y 1887, y en la actualidad forma parte de la colección del Museo Nacional de Baviera de la ciudad alemana de Munich.
Se trata de un óleo sobre lienzo, técnica con la que el artista calibraba capas finas y correcciones sucesivas hasta fijar la estructura definitiva del conjunto. Ese arco temporal, entre 1883 y 1887, coincide con su etapa de madurez, en la que depura el bodegón mediante observaciones prolongadas y reencuadres mínimos en el estudio.
Como en otras muchas de sus naturalezas muertas, a las que tan aficionado era el pintor, no le importa excesivamente ser realista en el sentido instaurado por la pintura renacentista o por los bodegones del arte flamenco. Se podría decir que busca un realismo “a su manera”. Es decir, plantea los frutos que él ve, y para ello se sirve de la geometrización que forman los planos de cada cuerpo, en los que enfrenta luces y sombras.
Y si es importante la forma basada en la geometría, en la cual está el germen de la futura pintura cubista, también hay que hablar del tratamiento del color por parte de Paul Cézanne. Y seguramente lo más interesante es su radicalidad, algo que le lleva a componer sus obras sin dibujo.
Esta construcción sin dibujo se apoya en la “pincelada constructiva”, golpes breves que levantan planos y volúmenes, y en el “passage”, donde el contorno se disuelve para soldar figura y fondo. Con ello sustituye el perfil cerrado por encuentros de manchas, de modo que la forma emerge por acumulación rítmica y no por línea dominante.
El modelado surge también de modulaciones cálidas y frías yuxtapuestas, pequeñas variaciones de saturación que sustituyen al claroscuro académico y dan peso, temperatura y distancia a cada plano. Así, la luz no describe tanto un foco externo como una gradación interna, coordinada por el color, que estabiliza la relación entre objetos, mesa y pared.
Él sitúa cada objeto en el espacio relacionándolo con el entorno mediante sus distintas caras, en las que hay diferentes colores o tonos. De esta forma, no le es necesario un trazo continuo para delimitar los objetos que nos presenta.
Además cada plano de esos objetos lo individualiza, de manera que hay facetas que se relacionan entre sí y otras se contrastan, hasta que al final se complementan y forman un todo. Por esa razón en ocasiones crea aristas vivas en los objetos o puede usar un dibujo discontinuo.
Esa razón también nos sirve para comprender algunas deformidades que suelen ser habituales en las pinturas de este artista postimpresionista. Al organizar el espacio del cuadro por planos de color hace que no pueda coincidir con una proyección lineal única, que se basaría en las perspectivas y puntos de fuga más tradicionales.
Las pequeñas basculaciones de la cómoda y el tablero, junto a leves desajustes de puntos de vista, introducen una vibración que unifica el cuadro en lugar de fragmentarlo. Por eso algunos perfiles parecen simultáneos y parcialmente desplazados, ya que integran registros observados en momentos distintos para garantizar la solidez del equilibrio general.
Y es que para él, el color tiene su propia lógica y funcionamiento, y él como pintor debe comprender esa lógica, y olvidarse en parte de la de nuestro cerebro. Lo importante es saber plasmar la arquitectura interna del cuadro, solo así consigue darle vida a sus escenas, que por otra parte y paradójicamente son naturalezas muertas. Pero Cézanne piensa que es más importante representar esas formas que las que en realidad vemos, por ello no le importa en absoluto que haya deformaciones. Todo lo contrario, considera que algunas de ellas son completamente vitales para conseguir la armonía del conjunto.