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La demencia de Doña Juana, Lorenzo Vallés

Publicado por Laura Prieto Fernández

A lo largo del siglo XIX se produjeron en España obras pictóricas de inestimable calidad artística que lamentablemente no siempre han tenido la repercusión deseada, quizás por ser una pintura realista alejada de las tendencias europeas que ya se encaminaban hacia un mayor modernismo. Con todo parece ser que en los últimos años se ha llevado a cabo una revalorización de esta época dándole a la pintura del XIX español el lugar que siempre se ha merecido.

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En esta época, la pintura de historia contempla un papel fundamental, son grandes lienzos inspirados en hechos pasados que dignificaban la historia de España. Por otro lado y en esta misma etapa, la muerte y el dramatismo se convirtieron en el foco de atención de múltiples pintores; son muchos los artistas que realizaron grandes lienzos basándose en momentos dramáticos de la historia que tenían la muerte como protagonista. Quizás por todo ello, la temática en torno a la reina Juana de Castilla fue tan popular en esta etapa. Doña Juana mezclaba en su persona el dramatismo asociado a su condición de demente, el amor sin restricciones y la muerte, además el hecho de que todos estos factores se encontrasen en la figura de una reina era un plus añadido que cautivó a muchos artistas y sirvió de inspiración para realizar numerosos cuadros.

Quizás la obra más destacada y conocida en torno a la vida de la reina sea el famoso cuadro de Pradilla Juana la Loca, pero hoy presentamos una obra igual de dramática aunque mucho más sobria que se inspira en la locura de la reina, Doña Juana de Castilla de Lorenzo Vallés. Vallés (831 – 1910) es uno de los autores menos conocidos del siglo XIX, son pocas las obras que se conocen del artista y escasos los datos que tenemos acerca de su vida. Concretamente parece ser que el pintor estudió en Francisco Cerdá y posteriormente formó parte de la escuela de Bellas artes de San Fernando en Madrid. Resultó becado y se trasladó a Roma para estudiar a los clásicas y allí fue donde pintó el cuadro que aquí nos ocupa, merecedor del segundo puesto en la Exposición Nacional de 1866.

La obra representa a la reina Juana en su alcoba mientras pide silencio a sus acompañantes, Doña Juana mandó trasladar el cuerpo de su esposo fallecido a su propia habitación mientras esperaba que éste despertase de su sueño. Durante algún tiempo la reina se resistía a creer que Felipe estuviese muerto y pensaba que en cualquier momento despertaría. De esta manera Doña Juana se levanta de su asiento para comprobar que El Hermoso, sigue “plácidamente dormido” mientras algunos de sus súbditos y consejeros imploran a la reina que acepte la situación y recobre la cordura. En una estancia paralela y sumida en la penumbra, se divisa a través de las cortinas la imagen del yacente, los restos mortales de Felipe descansa sobre una cama y tan sólo su rostro parece iluminado. Entre las dos estancias, en el suelo tiradas, unas flores marchitas anuncian la desgracia de la reina.

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