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Doña Juana la Loca Pradilla

Publicado por Laura Prieto Fernández

España posee una gran producción de obras realizadas durante el S.XIX que comúnmente han recibido el nombre de pintura de historia. Precisamente el hecho de que tan amplia producción forme parte de este género pictórico tan menos preciado ha hecho que esta magnífica muestra permanezca siempre en un segundo plano, pese a que la calidad de las obras y los artistas sea comparable a la de las grandes figuras de panorama artístico español como Velázquez, Murillo o Goya. La amplia producción de este tipo de pinturas se debe a su difusión a través de los medios oficiales y sobre todo a las exposiciones nacionales donde este género pictórico era el más valorado.


De la amplia cantera de artistas que trabajaron esta tendencia durante el siglo XIX se puede hacer una subdivisión en torno a la corta vida de uno de ellos Eduardo Rosales (1836-1873), los artistas que trabajaron antes que Rosales primaron el dibujo sobre el color mientras la segunda tanda de artistas adquieren una concepción más pictórica y colorista sin abandonar el dibujo.

Precisamente Francisco Pradilla (1841-1921) es uno de los máximos representantes de esta segunda etapa más colorista y Doña Juana la Loca ante el féretro de su esposo es su obra más importante.
Pradilla representa en este cuadro historicista como Doña Juana y toda la comitiva real que acompañaba el féretro de Felipe el Hermoso desde Burgos hasta Granada se instalan en medio del campo castellano ante la negativa de la reina de pernoctar en el convento de monjas que aparece en el fondo del cuadro.
En un primer plano aparece Doña Juana vestida con un imponente traje negro de terciopelo y portando en su mano el doble anillo de dos alianzas símbolo de viudedad. Es representada de pie, con una actitud que invita a la compasión, su mirada triste y perdida se centra en el féretro de su difunto esposo. La reina castellana aparece en un avanzado estado de gestación (la comitiva no llegara a Granada entre otras razones por el alumbramiento de Doña Catalina en Torquemada) y el velo que cubre su cabeza se agita en el aire mezclándose con el humo de la hoguera que está a su lado.

El féretro del difunto está situado sobre dos andas o parihuelas que servían para su traslado y adornado con los símbolos imperiales: el águila bicéfala y el león brabante, así como los escudos de los distintos reinos que gobernaba el emperador.

Junto a la reina y su difundo esposo una comitiva formada por clérigos, nobles y otros personajes de la corte. Al lado del féretro un monje de blanca túnica reza silencioso sus plegarias, mientras una dama abandona su lectura mirando apesadumbrada hacia enfrente.

Al fondo en un típico paisaje invernal de la meseta castellana se ve la popular comitiva perdiéndose en la lejanía. En el otro extremo el convento de monjas donde la reina se negó a pernoctar permanece impasible como silencioso espectador.

La composición en >forma de aspa mezcla la maestría del dibujo con la calidad de un empaste muy logrado. Los colores se entremezclan otorgando un gran realismo a la composición.

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