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Once de la mañana de Hopper

Publicado por A. Cerra

Es bastante habitual que el pintor estadounidense Edward Hopper incluya en los títulos de sus obras referencias al tiempo y momento en el que ubica la imagen, como por ejemplo en cuadros como Noctámbulos o Tarde Azul. E incluso llega a poner una hora concreta como en esta tela llamada Once la mañana que el artista realizó en 1926.

Once de la mañana de Hopper

Once de la mañana de Hopper

También es habitual que en sus telas nos dé la idea de la soledad. Aquí vemos una mujer desnuda, sentada en su habitación, seguramente de hotel, que está mirando por la ventana. Y como en muchas otras de sus obras, véase por ejemplo su famoso cuadro Habitación de hotel, la modelo para esta mujer era su propia esposa, Jo.

La protagonista lanza su mirada perdida hacia el exterior, mientras que nosotros, los espectadores, lo que vemos es un interior. Una estancia de carácter urbano en la que crea una atmósfera de gran intimidad, aquí recalcada por la desnudez de la mujer y su postura ensimismada.

Se trata de un tema muy recurrente en su producción pictórica, y al que volvió una y otra vez a lo largo de su vida. Son infinidad de obras en las que nos presenta la soledad, y sobre todo femenina. Algunas de ellas convertidas en grandes emblemas de las creaciones de Hopper como es su tela Compartimento C, Coche 193.

Por otra parte nos podemos detener en la contemplación de diferentes detalles de la habitación, en la cual Hopper se esmera, y todos ellos guardan algún significado, además de ser un excelente testimonio visual de la moda y el mobiliario del momento.

El artista siempre nos presenta historias individuales que les suceden a personas que de alguna forma están aisladas dentro de enormes ciudades.

Es curioso saber que Hopper durante los años 20 frecuentó habitualmente el taller de la escultura y potentada Gertrude Vanderbilt Whitney. La cual desde 1914 organizaba exposiciones en su estudio para los jóvenes artistas norteamericanos. Fue lo que se llamó el Whitney Studio Club, y uno de los primeros que participaron fue Edward Hopper. Aquello con el tiempo sería el germen del prestigioso Whitney Museum de Nueva York.

Pero antes de eso, Hopper acudía los cursos y clases nocturnas que allí se programaban y donde se ejercitó en la realización de desnudos masculinos y femeninos. Con aquellos dibujos, de los que se conservan valiosos testimonios, se ve como Hopper se nos manifiesta como un verdadero maestro, no tanto por su capacidad para el dibujo, como por la profunda poesía que es capaz de otorgar a sus figuras, sobre todo lograda a partir de la pose elegida. Y eso también lo podemos ver en este cuadro de las Once de la mañana.

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