Retablo de San Zenon de Mantegna

Retablo de San Zenon de Mantegna
Andrea Mantegna es uno de los más grandes pintores del Quatrocento italiano, y no solo lo es por la calidad de su pintura, con creaciones tan geniales como el increíble escorzo de su Lamentación sobre Cristo Muerto. También lo es por la gran variedad temática del conjunto de su obra donde se descubren los frescos de las pinturas murales como la Cámara de los Esposos del Palacio Ducal de Mantua o tablas pintadas al templo como La muerte de la Virgen.
Pues bien, también las pinturas que realizó en 1459 para este retablo de la iglesia de San Zenon en Verona están hechas al temple. Y podría pensarse que su trabajo solo ha sido la de pintar las tablas entre la estructura del retablo, sin embargo Mantegna también creó y pintó una estructura de madera que se confunde con la real. De ahí esa apariencia, en la que todo parece estar en un edificio adintelado y levantado con columnas.
El encargo partió del abad Gregorio Correr para la basílica benedictina de San Zenon, y la ejecución se documenta entre 1456 y 1459, fecha en que el conjunto quedó instalado en su altar mayor.
Conviene recordar que, apenas concluido, Mantegna marchó a Mantua en 1460 para entrar al servicio de los Gonzaga, lo que fija con precisión el momento de esta obra capital dentro de su trayectoria.
Además, si nos fijamos en las distintas tablas del conjunto se observa que ha cuidado la iluminación, de manera que las escenas reciben la luz de derecha a izquierda y de arriba abajo, lo cual coincide con la iluminación real que recibe el propio retablo, ya que el propio Mantegna dijo que era necesario abrir una ventana para que se creara ese efecto.
El registro central plantea una temprana sacra conversazione, ya que los paneles comparten una misma loggia y un pavimento continuo que anulan la compartimentación gótica y convierten varias tablas en un único espacio coherente.
Esa continuidad arquitectónica, reforzada por una única fuga perspectívica y por la alineación de zócalos y columnas, integra a la Virgen y los santos en una convivencia silenciosa y unitiva ante la mirada del fiel.
Algunas de las escenas más impresionantes del conjunto se encuentran en su parte baja, en lo que llamamos generalmente predela. Allí en el centro hay una escena de la Crucifixión, cuyo esquema en realidad le sirve para generar el espacio, la composición y la distribución de todo el retablo.Pero sobre todo nos plantea como mirar el conjunto por parte del espectador. Él consigue atraer nuestra mirada al centro, a Jesús en la cruz. Incluso, nos presenta las otras dos cruces de la escena del Nuevo Testamento de un modo muy novedoso, ya que las coloca con un escorzo e inclinación que también nos dirige hacia el centro. Y también las tablas laterales con sus distintas figuras, nos siguen llevando hacia el centro y a Jesús crucificado.
Y todo eso sin salir de la parte baja del retablo, porque obviamente lo más protagónico son las tablas superiores, realmente grandiosas e imponentes, especialmente por ese magnífico tratamiento de la perspectiva geométrica que también supo desarrollar Mantegna como gran exponente del Renacimiento.
El armazón pintado recurre a un vocabulario all’antica con guirnaldas, relieves fingidos y mármoles policromos que evocan la arqueología paduana que Mantegna conoció, y que enmarcan con solemnidad la visión sacra.
El suelo enlosado, medido a partir de ortogonales nítidas, fija la escala de las figuras y dirige la mirada al eje central, un recurso perspectivo que refuerza la grandeza ordenada del conjunto.
El artista usa lo que se llama un punto de vista “di sotto in su”, o sea de abajo arriba, lo cual evidentemente les da porte monumental a sus figuras, y hay que tener en cuenta que son muchos personajes. Pese a ser numerosos la estructura arquitectónica le da unidad al conjunto y organiza todo el espacio.