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Salto del toro

Publicado por A. Cerra

En origen esta impactante pintura al fresco sobre superficie de yeso estaba ubicada en uno de los patios del gran Palacio de Cnossos, concretamente en el llamado patio del Caño de Piedra. Allí se realizaría entre los años 1550 y 1450 antes de Cristo, en uno de los momentos de máximo esplendor de la civilización cretense o minoica. Si bien en la actualidad se conservan en el Museo Arqueológico de Heraklion de la propia isla griega de Creta.

Salto del toro

Siempre se ha especulado con que sería en Creta y en tiempos de esta cultura minoica cuando comenzaría realmente la tauromaquia, y eso se debe a obras como esta que refleja la práctica del “salto del toro” al igual que otras manifestaciones de la época nos recuerdan el culto al minotauro.
Se sabe que esas competiciones de saltos sobre las reses, así como otras competiciones taurinas se practicaban en los propios patios del Palacio de Cnossos. Pero no se trataba de simples torneos de habilidad y de valentía, ya que en realidad eran celebraciones con un trasfondo religioso y formaban parte de los rituales minoicos.

En este caso parece que la pintura al fresco nos refleja las tres fases del propio salto. Un momento inicial en el que el saltador agarra al toro por los cuernos o los usa para impulsarse. Y después ya lo vemos sobrevolando el animal y dando un giro sobre su lomo, para por fin caer de pie en su parte trasera. Algo así como si fuera un gimnasta o un artista de circo. Está claro que muchos dudan de que semejante proeza se hiciera de semejante modo, pero también es verdad que sigue habiendo concursos en plaza de toros donde se hacen acrobacias semejantes.

En cuanto al estilo pictórico del fresco, recoge gran parte de las características habituales del arte cretense. Una de ellas es la estilización de las figuras. Una figuras dominadas por las curvas lo que le da un claro ritmo a la imagen, y que donde más se aprecia es en el cuerpo arqueado del personaje central que salta sobre el toro.

Las tres figuras tienen las cinturas muy estrechas lo que les da gracilidad y las emparenta con otras representaciones de la época, tanto pictóricas como escultóricas, tal es el caso de las representaciones de la Diosa de las serpientes.

Ese espíritu curvilíneo y decorativo también se puede apreciar en la figura del enorme toro, que ciertamente está desproporcionado respecto a los humanos. A no ser que se trate de niños, como afirman algunas interpretaciones, diciendo que los hombres generalmente se pintaban de marrón y las mujeres de blanco, pero aquí vemos que van de blanco aunque con ropas masculinas, por lo que hay estudiosos que piensan que se trata de la representación de algún ritual de iniciación infantil.

Sea de una forma u otra, lo que queda claro es la antigüedad del uso de los toros con fines religiosos y también lúdicos. Y desde luego lo más evidente es la calidad de esta obra que llama la atención por su dinamismo, su carácter ornamental y por la curiosa combinación de colores.

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