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Anfiteatro Tarraco

Publicado por Laura Prieto Fernández

La actual ciudad de Tarragona fue durante la época de dominación romana, una de las urbes más destacadas de la Hispania romana, llegando a convertirse en uno de los bastiones más destacados de su época y ciudad de referencia en varios sentidos. Fue en torno al año 17 a.C. cuando los primeros soldados romanos, encabezados por Publio Cornelio Escipión el Africano, llegaron a la ciudad y ésta pronto se convirtió en uno de los focos principales desde donde los romanos podían abastecer a sus tropas en las largas guerras contra los celtíberos.
Con el tiempo la ciudad llegó a convertirse en la capital de la Hispania Citerior por lo que no resulta extraño que en la ciudad se conserven aún hoy espléndidos monumentos conmemorativos y construcciones civiles. En este caso nos ocuparemos del famoso Anfiteatro de Tarraco, el cual forma parte de un gran conjunto arqueológico que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 con el nombre de Conjunto Arqueológico de Tarraco.

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Ningún otro pueblo como el romano había desarrollado hasta entonces una arquitectura de carácter lúdico tan importante, en este contexto podemos encontrar aún hoy los restos de numerosas termas (baños públicos), circos, teatros o anfiteatros como el de Tarraco. La tipología de anfiteatro romano deriva de la unión de dos teatros a través de la zona de la scenae, de este modo se conforma un espacio circular con una arena en el centro destinada a los espectáculos y rodeado de una gradería a su alrededor para el gran público.

En concreto el anfiteatro Tarraco no posee una forma exactamente circular sino que se configura como una elipse y se sitúa en las inmediaciones de la costa con el fin de facilitar el acceso al público y la llegada de animales o esclavos. Y es que en el anfiteatro tenían lugar diferentes espectáculos desde las famosas luchas con gladiadores conocidas como muneras, hasta las venationes o luchas con animales, además de exhibiciones atléticas o incluso martirios y sacrificios.

Con más de ciento treinta metros de diámetro, el anfiteatro aprovechaba el desnivel de las colinas para elevar su cávea o graderío, un espacio escalonado con diferentes pasillos y sectores que separaban las diversas clases sociales y que se apoyaba en distintas galerías con arcadas que elevaban las gradas. En el lado norte se situaba el escenario o pódium donde se llevan a cabo los espectáculos y bajo éste se encontraba la fosa, donde se guardaba a los animales y donde esperaban su turno los gladiadores; la fosa comunicaba directamente con el escenario a través de un montacargas que servía para elevar a los animales.

En el muro norte de la fosa se hallaba un pequeño fresco con alusiones a la diosa Némesis, diosa de la justicia, la venganza o la fortuna, así como una pequeña capilla o altar donde los gladiadores se podían encomendar a la diosa antes de salir a la lucha.

En la época visigoda el anfiteatro perdió su función lúdica y muchas de sus piedras fueron utilizadas para levantar pequeños templos cristianos.

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