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Puente Don Luis I de Oporto

Publicado por A. Cerra

La ciudad portuguesa de Oporto tiene varios puentes históricos y modernos uniendo ambas orillas del río Duero, ya muy próximo a su desembocadura en el océano Atlántico. Pero hay dos que son auténticas joyas de la arquitectura e ingeniería del siglo XIX.

Uno es el Puente de María Pita, que cuando se construyó en hierro en 1877 se convirtió en su momento en el puente en arco más largo del mundo con sus 160 metros de anchura. Un puente que se edificó para el paso del ferrocarril y que estuvo en activo hasta los años 90 del pasado siglo XX. Una auténtica maravilla técnica que fue concebida por el estudio de Gustave Eiffel, ya de renombre antes de construir la famosa torre de París. Y especialmente fue una obra concebida por uno de sus más geniales colaboradores: el ingeniero Teophile Seyrig.

Puente de Don Luis I de Oporto

Él mismo firmó el proyecto del segundo de los puentes. El que aquí nos ocupa y que tiene el nombre de Don Luis I, uniendo el centro de Oporto con la otra población ribereña de enfrente, Vila Nova de Gaia que es donde se encuentran algunas de las más famosas bodegas del famoso vino de la ciudad.

Precisamente el tráfico de ese vino por el río hasta el mar, era una de las razones de que Oporto necesitaba la construcción de enormes puentes como este. Se trata de una maravilla, levantada íntegramente de hierro. Y también en este caso llama la atención el enorme arco que sirve como elemento distintivo y estructural. Pero el Puente de Don Luis I de Oporto tiene como novedad que posee dos tableros distintos. Uno inferior que alcanza una longitud de 175 metros y que hoy sigue permitiendo el paso de vehículos y peatones. Y un tablero superior, a más altura y mucho más largo, ya que se prolonga durante unos 400 metros, por donde a día de hoy también pasan peatones y el metro de la ciudad. Así con sus dos alturas se adapta a la perfección al quebrado perfil del terreno que tiene esta ciudad.

Sin duda obras como estas tienen mucho de ingeniería, pero también hay muy de arte y de estética. La arquitectura del hierro en este momento se convirtió en toda una novedad y una tendencia que aliaba la funcionalidad con su particular atractivo. No solo ahora cuando son obras que incluso pueden estar consideradas como Patrimonio de la Humanidad, como puede ser el caso del Puente Colgante de Vizcaya. También fueron muy admiradas en la época en que se construyeron.

De alguna forma era una nueva respuesta a lo más clásico. Se trataba de una belleza más matérica y también más abstracta, que empleaba por un lado un material nuevo pero que podía recurrir a formas ya conocidas como arcos, pilares o bóvedas, pero totalmente reformadas. Y todo ello en un momento de la historia en la que la industria estaba cambiando por completo la fisonomía de las ciudades y sobre todo los modos de vida.

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