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El hombre entra en el cosmos, Moore

Publicado por Laura Prieto Fernández

El escultor inglés Henry Moore ha sido uno de los artistas contemporáneos más valorados de la escultura abstracta ya que su obra supo enganchar al gran público pese a la distancia que las vanguardias imponían al espectador. En el siglo XIX y XX el arte sufrió uno de los virajes más bruscos de su historia, la pintura tradicional fue paulatinamente abandonándose en pro de otras formas artísticas más modernas -captar la realidad simple y llanamente era una labor que ahora podría reproducir mejor la fotografía- sin embargo, y aunque los primeros pasos se dieron en el mundo pictórico, pronto las demás artes siguieron esa estela de modernismo de forma que, los movimientos vanguardistas se extendieron al resto de las artes incluida la escultura.

Henry Spencer Moore (1889-1986) fue hijo de una familia humilde, su padre era minero y desde muy joven el artista supo que se quería dedicar a la escultura. Durante la Primera Guerra Mundial Moore fue reclutado, un hecho que le arcó profundamente su concepción del mundo y del hombre, y a su vuelta ingresó en la Royal Academy of Art. Moore viajó por Europa y conoció la escultura de los grandes artistas renacentistas y barrocos de quienes adoptó el gusto por representar figuras humanas.

La obra que aquí analizamos pertenece a su última etapa, data de 1980 y lleva por título El Hombre entra en el Cosmos; se trata de una pieza que mide unos cuatro metros de altura y está realizado en bronce. La obra se ubica al aire libre, en el centro de Chicago concretamente en las inmediaciones del Planetario Adler, un lugar histórico. En realidad, éste no se trata de un proyecto original sino de una obra que Moore retomó de los años 60, un proyecto que había ejecutado para el diario The Times.

Como la mayor parte de las esculturas de Moore en su época de madurez, la obra fue concebida a través de un modelado más pequeño. Son dos semicírculos de bronce cuyos extremos apuntan al cielo y que se disponen perpendicularmente el uno con el otro, uno de los semicírculos cuenta con un diámetro también de bronce que sirve para indicar la hora exacta.

En la base de la composición aparecen dos placas, una de ellas hace mención al comitente de la pieza la Fundación Ferguson quienes pretendían con esta pieza honrar el programa espacial mientras que la placa de la derecha es una ecuación que pretende corregir la desviación horaria que marca este reloj de tipo ecuatorial.

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