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Relicario de Teodorico

Publicado por A. Cerra

Relicario de Teodorico

Los relicarios, esos cofres destinados a guardar los restos de los santos o los objetos vinculados con Jesucristo, fueron uno de los elementos que primero comenzaron a trabajar los artistas cristianos. Al fin y al cabo estaban destinados a contener huesos y trozos de tela o de madera a los que se les atribuyen poderes mágicos, se exhiben en fiestas o procesiones y se veneran con pasión en los altares de las iglesias. O sea que había que crear unos contenedores de calidad y brillo a la altura del tesoro que guardaban.

Un buen ejemplo es el Relicario de Teodorico elaborado en el siglo VII en algún lugar del sur de Alemania. Un cofre con oro y piedras preciosas donde se salvaguardaban las reliquias de San Mauricio. Este santo había sido legionario romano y fue ordenado asesinar el emperador Maximiano allá por el siglo III por negarse a atacar a los cristianos. Y con el paso de los siglos acabó por convertirse en el santo patrón del Sacro Imperio Germánico.

Su culto tuvo un foco principal en Agaunum, hoy Saint-Maurice, en el Valais suizo, con la tradición del martirio de la Legión Tebana. De hecho, la Heilige Lanze de las Insignias Imperiales, conocida como lanza de san Mauricio, reforzó su estrecha relación con el poder del Imperio.

Así que durante los imperios merovingio y carolingio era un personaje muy venerado y fue un sacerdote de nombre Teuderico quien mandó realizar esta joya del arte y la orfebrería medieval.

En ese horizonte técnico de los siglos VI y VII dominaban la plata sobredorada, los engastes alveolados con granates o pasta vítrea y el gusto por superficies brillantes. Y no solo eso, los talleres del alto Rin y Baviera compartían repertorios formales con centros francos y lombardos. Por eso un encargo del sur de Alemania encaja bien con ese mapa de circulación de materiales y modelos. Ya que las perlas y las piedras de color reforzaban la lectura simbólica y litúrgica de piezas destinadas al culto.

Está hecho en plata dorada y lo adornan diversas perlas, esmaltes alveolados y un buen número de piedras preciosas.

Es decir, pequeñas celdillas formadas por láminas metálicas que se rellenan con esmalte vítreo y se fusionan por calor. El resultado ofrece campos de color intenso y destellos que enmarcan las superficies nobles.

Todo a un tamaño diminuto, ya que la pieza no alcanza los 13 centímetros de altura. Aún así es exquisita. Por si fuera poco, en su cara frontal se distingue en el centro un camafeo que sería la réplica de uno más antiguo.

Y es que la inserción de camafeos antiguos, o de réplicas tardías, fue muy común en tesoros tardoantiguos y altomedievales. Ese uso de spolia aportaba prestigio clásico y una pátina de antigüedad al contenedor sagrado.

Obviamente esta parte frontal es la que tiene una ornamentación más rica, y por el contrario la zona trasera es más sencilla, aunque ahí es donde se puede leer una inscripción que nos habla de su encargante, Teuderico o Teodorico, así como se identifica como un cofre dedicado a las reliquias de san Mauricio. Y no solo eso. También se menciona a las personas que pagaron su realización: Nordolaus y Rihlindis, así como los herreros y orfebres que lo fabricaron: Undiho y Elio.

Por eso los nombres de Undiho y Elio son excepcionalmente raros.

Esto último es algo muy destacable, ya que por esas fechas de la Edad Media europea no era nada habitual citar a los artífices de este tipo de piezas, ni prácticamente de ninguna creación artística.

De algún modo estamos en un momento en el que se empieza a reconocer la valía de estos artesanos, que además que dominan su oficio también aportan una evidente creatividad personal en sus trabajos. Y de hecho se comprueba la evolución formal que han tenido los relicarios en los siglos siguientes. Ya que de estas sencillas formas de cofre plagado de materiales preciosos, pronto se les dio forma de iglesia, de bustos de los santos a los que se honraba se evocaban las partes de cuerpo correspondientes con las reliquias óseas que guardaban.