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Oráculo de Apolo

Publicado por A. Cerra

En esta pintura de una vasija ática del siglo V está representada la versión más clásica del famoso Oráculo de Apolo. Una de las instituciones más veneradas en la Antigua Grecia y cuya sede se hallaba en los templos de la ciudad de Delfos.

Pintura cerámica sobre el Oráculo de Apolo

Los oráculos en la Grecia Clásica tenían una enorme importancia, ya que gentes de toda condición y nivel social dependían de lo que les dictaban estos oráculos, ya que les tenían una confianza absoluta y un fe inquebrantable. A ellos se les consultaba todo tipo de decisiones, desde el comenzar una guerra hasta empezar un negocio. Por ello grandes santuarios como el de Delfos, y otros muy visitados como los de Olimpia se convierten en lugares de peregrinación.

De hecho el de Delfos, inicialmente era un sitio apartado y frecuentado por pastores, sin embargo su fama fue creciendo hasta convertirse en uno de los lugares con mayor carga sagrada de todo el territorio heleno. Allí acudían los ciudadanos a hacer sus consultas y esperaban las profecías que guiaran sus actos. Esas respuestas se las daba una médium, llamada pitia o pitonisa, que en la pintura de esta cerámica la vemos sentada en una especie de banqueta de tres patas o trípode. Esta mujer vivía apartada del mundo de los hombres y los propios sacerdotes la consideraban la esposa del dios Apolo, un cargo que era vitalicio, para toda su vida.

A ella accedían, los consultantes, que podían ir tanto a nivel particular como en representación de toda una ciudad. Si bien, tanto en un caso como en otro debían abonar un dinero para esa consulta, así como tenían que hacer algún sacrificio previamente, que por regla general consistía en matar a algún animal que era entregado a los sacerdotes.

Tanto sacerdotes como los consultantes debían atravesar el templo y descender a su zona subterránea, en un acto que solo tenía lugar los días 7 de cada mes. Una vez abajo, allí les esperaban dos salas. En la segunda estaba la pitonisa, pero a ella no accedía nadie, habiendo un pared o una cortina que la separaba de los consultantes, tal y como se representa en la cerámica por una columna que marca el eje vertical y central de la pintura.

El consultante solo escuchaba las profecías de la pitonisa, la cual tenía a su disposición allí la piedra sagrada llamada omphalos y la fuente Casiótide que manaba directamente desde el subsuelo. De este modo, se supone que sentada en el trípode le llegaba la inspiración desde la misma tierra, entrando en una especie de trance, y aunque se pueda pensar que tomaba ciertas sustancias, lo cierto es que solo está comprobado que durante el acto profético masticaba laurel, el árbol representativo de Apolo.

El hecho es que hacía sus profecías, pero generalmente era discursos ininteligibles, por lo que los sacerdotes debían hacer la interpretación que le daban al consultante. Eso hacía que nunca se equivocara, ya que en el caso de que posteriormente se comprobara que había errado, siempre se echaba la culpa a la interpretación y no a lo dicho por la pitonisa.

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