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Construcción en blanco y negro de Joaquín Torres García

Publicado por A. Cerra

Construcción en blanco y negro de Joaquín Torres García

Joaquín Torres García (1874 – 1949) quizás sea el pintor de Uruguay con un mayor prestigio internacional. Y buena prueba de ello es que esta obra titulada Construcción en blanco y negro aparece entre la colección de arte contemporáneo del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York. Y lo cierto es que tal reconocimiento es justo, teniendo en cuenta dos elementos claves en su trayectoria artística.

En primer lugar que fue un artista que decidió crear su propia corriente de vanguardia. Fue un personaje que rechazó la oposición que en las primeras décadas del siglo XX reinaba entre lo que era arte figurativo y abstracción. Él optó por una pintura constructiva, dando una mayor importancia a la factura, a la propia realización de la obra, que al resultado final del cuadro.

Observemos este óleo pintado sobre papel montado en madera. En esta superficie el pintor tan solo emplea el contraste entre los colores blanco y negro para una construir una cuadrícula sincopada que parece salir del plano de la pintura, como si avanzase y retrocediese. Consigue generar volumen recurriendo únicamente a una geometría sencilla pero irregular y dos colores. Y el aspecto final se puede relacionar con las arquitecturas antiguas y primitivas a las que tan aficionado era Torres García, especialmente las que realizó el pueblo inca en sus orígenes, antes de que se convirtiera en un gran imperio de carácter continental.

Además de su fascinación por las culturas antiguas, Torres García también mostró un profundo interés por la filosofía y la teoría del arte. En sus escritos, el pintor uruguayo reflexionaba sobre la naturaleza del arte y su papel en la sociedad. Su pensamiento, profundamente influido por las ideas de la modernidad y la vanguardia europea, se caracterizaba por una visión utópica y universalista del arte, que veía como un medio para transformar la realidad y alcanzar un estado de armonía y equilibrio.

Estamos ante un cuadro de 1938, momento en el que el pintor ya ha elaborado su peculiar filosofía creativa del Universalismo Constructivo, con el cual quería plasmar y organizar el mundo natural e incluso la experiencia humana a partir de las leyes universales de la unidad. Una teoría que le llevó a rechazar la perspectiva y respetar la bidimensionalidad de la pintura como había hecho las civilizaciones primitivas.

De hecho, él siempre quiso adaptar el arte contemporáneo al primigenio, y especialmente vincularlo con las culturas indígenas sudamericanas. Y por ahí viene el segundo motivo relevante para su reconocimiento. Y es que cuando regresó de forma definitiva a su Montevideo natal en 1934, tras vivir muchos años en diversos países del extranjero, decidió abrir el Taller Torres García que se convirtió en un centro divulgador del arte de su tiempo y su trabajo dejó una enorme huella en artistas posteriores. Y no solo en creadores uruguayos, sino en otros procedentes de países del entorno, en especial en Argentina. De hecho, aunque Joaquín Torres García falleció en 1949, su escuela y taller los mantuvieron abierto sus discípulos hasta 1967.

El legado de Torres García va más allá de sus obras y su taller. Su influencia se puede rastrear en varias generaciones de artistas latinoamericanos que han seguido sus enseñanzas y han adoptado su visión constructiva y universalista del arte. Su obra y su pensamiento siguen siendo objeto de estudio y análisis, y su figura es recordada como una de las más importantes y significativas del arte moderno en América Latina.