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Cristo abrazando a san Bernardo de Ribalta

Publicado por A. Cerra

Este óleo pintado sobre lienzo lo realizó el pintor barroco español Francisco Ribalta (1565 – 1628) entre los años 1625 y 1627, es decir, en los últimos años de su vida y en un periodo de extraordinaria madurez artística, de hecho muchos lo consideran como su obra maestra. El cuadro, en la actualidad, permanece expuesto en el Museo del Prado de Madrid, si bien originalmente pintó la obra para decorar la cartuja de Portaceli, en las inmediaciones de la ciudad de Valencia.

Cristo abrazando a san Bernardo de Ribalta

Ese espíritu religioso tan propio de las cartujas, no solo se aprecia en el tema pintado, sino que en realidad el modo en cómo fue realizada transmite ese pietismo que inundaba el arte español de ese tiempo. Y no solo nos referimos a la pintura y la escultura, esa espiritualidad también se podía leer en las obras místicas de San Juan de la Cruz o de Santa Teresa de Ávila.

Por eso vemos al santo disfrutando de la compañía y el amor de Jesucristo. Y lo hace no como el obispo que fue, ya que no lleva la mitra. Lo hace como simple fraile de la Orden del Císter que él mismo fundó. En una actitud de abrazo con la divinidad de lo más íntima, hasta cierra los ojos en un gesto que todavía carga de más espiritualidad la obra.

Y es que si nos fijamos en la imagen, lo que en realidad está intentando Ribalta es animarnos a seguir el ejemplo de san Bernardo, y que nosotros también abracemos la figura de Jesús. Aunque lo hagamos de un modo más espiritual y figurado, y no con tanta presencia física como la que vemos en el cuadro. Y es que se trata de una escena cargada de materia, para lo cual recurre a un estilo pictórico inspirado en las grandes obras de Caravaggio, como su Degollación del Bautista o el Éxtasis de la Magdalena, magníficas obras del claroscuro característico del artista italiano.

En ello se inspira Ribalta a la hora de pintar su obra, ya que si nos fijamos, vemos dos figuras completamente rodeadas de oscuridad. Y no solo eso, sino que hay partes de esos cuerpos no se ven y están absorbidos por esa misma oscuridad. Mientras que en aquellas partes que da la luz, esta es reflejada de forma magistral. Para comprobarlo, basta con mirar el cuerpo de Jesús, en el que llama la atención su torso, sus brazos o sus rodillas, e incluso la túnica de profundos surcos que se sumerge en las sombras.

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