Arte

Inicio Pintura, Renacimiento San Bernardo cura a una niña de Perugino

San Bernardo cura a una niña de Perugino

Publicado por A. Cerra

San Bernardo cura a una niña del Perugino

A Pietro Perugino (h. 1448 – 1523) hay que considerarlo como el fundador de la Escuela de Umbría, una corriente pictórica que iba a alcanzar una enorme importancia e influencia durante el periodo del Alto Renacimiento o Cinquecento. Su nombre de nacimiento fue Pietro di Cristoforo Vannucci, pero alcanzó la fama con el apodo que hacía mención a su lugar de origen la ciudad de Perugia, en la zona central de la Península Itálica, al sur de Florencia y al norte de Roma.

Se sabe que ahí dio sus primeros pasos como pintor, pero pronto se lanzó a trabajar en una meca artística como la capital de la Toscana, donde pasó a engrosar la nómina del gremio de pintores de Florencia y a coincidir con personajes como Andrea Verrocchio o Piero della Francesca.

Sería en la región de Toscana donde comenzó a labrarse una buenísima reputación. Y lo logró sobre todo gracias a encargos como el ciclo de pinturas que realizó para San Francesco al Prato, a cuyo conjunto pertenecer la tabla que mostramos aquí de San Bernardo curando a una niña.

Ese trabajo lo hizo en 1473, con pintura al temple, y hoy es una de las obras más importantes que se conservan en el gran museo de su tierra natal: la Galería Nacional de Umbria, abierta en Perugia.

En realidad las pinturas de San Franceso al Prato con el ciclo de la hagiografía de San Bernardo fue un trabajo en colaboración con otros pintores de la época, como por ejemplo el Pinturicchio. El resultado sobre obras como la que vemos aquí, dominadas por arquitecturas grandilocuentes y suntuosas, inspiradas obviamente en las formas de la Antigüedad, que además sirven de fabulosos decorados que luego se completan con las vistas abiertas a un paisaje.

Es como un grandioso fondo para mostrar unos colores diáfanos y figuras elegantemente dispuestas, con una composición claramente dominada por la simetría, y de alguna forma empequeñecidas por el entorno. Lo cierto es que como suele pasar con otras composiciones de Perugino, no hay dramatismo alguno, casi ni narración. Se da por hecho, que el espectador conoce la historia, y el artista solo inmortaliza un instante, y unos personajes.

Esta fue una corriente, opuesta por ejemplo a la pintura de Mantegna, pero que tuvo muchos seguidores. Tanto que la fama que fue adquiriendo Perugino le llevó de regreso a Umbria y también a Venecia, e incluso realizó encargos para el Vaticano, donde coincidió con un jovencísimo Rafael Sanzio, il Divino Rafaello, para quien se convirtió en un maestro.