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Cristo ante el sumo sacerdote de Gerrit von Honthorst

Publicado por A. Cerra

Gerrit von Honthorst (1592 – 1656) comenzó siendo un pintor de temática religiosa en Utrecht, en los Países Bajos. Pero como era habitual en la época, decidió viajar a Italia, para conocer con sus propios ojos la obra de los grandes maestros y también el arte clásico. Y una vez en tierras italianas su arte le fascinó a los más altos representantes de la Iglesia y también a gran parte de la aristocracia.

Cristo ante el sumo sacerdote de Honthorst

Alcanzó un enorme prestigio y se alojaba en residencias principescas. Por ejemplo, este cuadro de 1617 lo pintó para el marqués Vincenzo Giustinaiani, en cuyo palacio estuvo residiendo.

En Italia su capacidad para pintar escenas como esta le hizo ganarse el sobrenombre de “Gerardo el de las noches”. Y su fama cruzó fronteras, tanto que trabajó para la dinastía Orange en Holanda, así como para el rey Carlos I de Inglaterra, Christian IV de Dinamarca o fue maestro de pintura de la exiliada reina de Bohemia, Elisabeth Stuart.

Para todos ellos pintó cuadros de temática mitológica, alegorías y retratos. Pero sin duda su capacidad para evocar ambientes religiosos a partir de una iluminación de velas fue su especialidad, tal y como vemos en este cuadro que nos presenta un pasaje del Evangelio de San Mateo. Según el relato del Nuevo Testamento, después de que Jesús fuera detenido en el Huerto de los Olivos, lo llevaron a comparecer ante el sumo sacerdote Caifás, quién lo había de interrogar y juzgar.

Un juicio en el que declararon dos testigos falsos, que aquí vemos en la parte en semioscuridad de la tela, detrás del juez que aparece sentado y preguntando. Aunque Jesús se mantuvo callado y no respondió ni a esas preguntas ni a los falsos testimonios.

Ese es el relato, pero la magia del cuadro es su iluminación. Un cuadro en el que las figuras alcanzan un tamaño cercano al natural y donde todo adquiere sentido por la luz que emite la vela situada en el centro del lienzo. Su resplandor baña de luz a toda la estancia y a todos los personajes. A todo le confiere un tono rojizo y todo lo ilumina aunque podemos apreciar como su fuerza se va debilitando con la distancia.

Esa luz les da un relieve increíble a las dos figuras principales, y pone el acento en los gestos y las expresiones de ambos. Al mismo tiempo que lleva nuestra mirada hacia la cuerda que ata a Cristo o a los libros de la Ley que hay sobre la mesa.

En definitiva, estamos ante una obra de un efectismo lumínico sobresaliente.

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