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El entierro de Cristo de Dirk Bouts

Publicado por A. Cerra

Dirk Bouts durante sus carrera pictórica desarrollada en la ciudad de Lovaina (en la actual Bélgica) desarrolló numerosas obras para el ayuntamiento de la población y también cuantiosas pinturas religiosas para las iglesias de la misma, como es el caso de su conocido Retablo de la Santa Cena.

Entierro de Cristo de Dirk Bouts

También es muy posible que esta obra que hoy se expone en la National Gallery de Londres formara parte de algún políptico, que concretamente mostrara diversas escenas de la Vida de Jesús o puede que sobre la Pasión de Cristo. De hecho está documentado que realizó entre los años 1450 y 1460 un conjunto semejante que sería enrollado como una alfombra y fue enviado a Italia.

Sin embargo de aquella obra solo se salvaría esta escena, y casi es algo milagroso dada la peculiar técnica en la que está hecha. Y es Bouts lo pintó con temple a la goma aplicado sobre un peculiar tela denominada sarga, bastante menos fina que los habituales lienzos.

De esta manera el artista iba aplicando sus pinceladas y capas de color. Un color compuesto por pigmentos disueltos en agua con una sustancia adhesiva gomosa. Una mezcla que se aplicaba directamente sobre la tela para que el color se impregnara en ella, hasta que quedaba adherido. Es decir, era una técnica que requería mucho trabajo y repasos continuos, y aún así no se lograba el colorido que se consigue con los pigmentos de óleo.

En cuanto al tema representado, lo cierto es que en los Países Bajos y durante el siglo XV se pintó este asunto en innumerables ocasiones y siempre con un tono de patetismo que pretendía impresionar a los fieles. En ese sentido se comprende por ejemplo que los personajes, pese a la supuesta época en la que ocurriría el entierro de Jesús, en realidad visten ropas flamencas del siglo del pintor, con lo cual se quería hacer mucho más cercano el drama.

Además, Bouts nos individualiza claramente el dolor de cada uno de los personajes. Por ejemplo, a la Tres Marías las vemos manifestando su pena con sus ojos mirando hacia el suelo. Una llora, otra se tapa la boca y la tercera mete el brazo de Jesús en el sepulcro, mientras San Juan la sostiene para que no se derrumbe.

En cambio José de Arimatea ni toca el cuerpo de Cristo, y lo sostiene por la tela en la zona de los hombros. Al tiempo que Nicodemo, un seguidor secreto, le coloca los pies en la tumba. La única que mira a Jesús a la cara es María Magdalena, la pecadora arrepentida.

Y nosotros, los espectadores, nos fijamos en el rostro. Eso pretendía el pintor, que lo miraran los fieles que verían el cuadro arrodillados ante el altar, atraídos por el cuerpo de Cristo, cuyo color carnoso destaca sobre el conjunto. Pero además, Bouts se ha preocupado que queden bien a la vista las heridas y la sangre de su sufrimiento, de manera que quien lo ve queda compungido por la escena.

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