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Galatea de las esferas de Dalí

Publicado por A. Cerra

Salvador Dalí pintó en numerosas ocasiones a su mujer, Gala. Y desde luego de todas las representaciones, una de las más magistrales puede ser la que hizo en este cuadro titulado Galatea de las esferas.

Su título ya nos dice que la imagen de su esposa, musa y modelo se compone de infinitas esferas. Todas esas esferas parten de un punto negro central. Y desde ahí parece que irradiarán como en una explosión muy ordenada y geométrica. El caso es que parece situar a Gala en el centro del universo daliniano. Fundiendo en una misma imagen dos de las grandes pasiones del artista: su esposa y la ciencia.

Galatea de las esferas de Dalí

La ciencia fue algo que le atrajo ya desde adolescente. Pero hubo un acontecimiento que hizo que se interesara especialmente por el tema de los átomos que componen la materia. Ese acontecimiento no fue otro que el bombardeo atómico de Hiroshima en el año 1945.

De hecho esta obra es posterior, ya que la hizo en 1952. En un periodo en el que su tema predilecto fueron los átomos, y que él mismo llamó época místico-nuclear. Ya que durante estos años pintó numerosos cuadros que se dedicaban a mostrar la desintegración de los átomos, la discontinuidad de la materia o las estructuras de ADN.

Es decir, Dalí se nos muestra como el pintor de su tiempo y vanguardista que fue. Pero su arte se basaba en el del pasado. Sobre todo en periodos como el Renacimiento que le fascinaba. Los detalles que conectan esta Galatea de las esferas, son muchos, comenzando por la propia transformación del nombre de Gala que recuerda a los poemas de Garcilaso de la Vega o de Miguel de Cervantes.

Pero hay más vínculos con el Renacimiento.Por ejemplo la melena de la retratada por momentos recuerdan a la Venus de Sandro Botticelli, o sus ojos cerrados nos evocan la Virgen de las Rocas de Leonardo da Vinci.

Pero luego eso está transformado por el tamiz de Dalí. Vemos un conjunto de esferas de tamaños variados, las cuales con su sombreado y plasticidad generan una clara perspectiva tridimensional. Basta con fijarse en los labios rojos de la mujer que ocupan varias esferas hacia el centro, o hacia afuera según se mire.

Y como es habitual en muchos cuadros de Salvador Dalí, domina el color azul. Un color que aquí lo mismo le sirve para representar el mar abajo, que el cielo como fondo. O para recubrir los átomos, algunos de ellos desconchados, dándonos a entender que lo valioso y duro está en el núcleo interno, y no en la corteza. En fin, Dalí y su particular Surrealismo en estado puro.

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