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La huida a Egipto de Adam Elsheimer

Publicado por A. Cerra

Adam Elsheimer (1578 – 1610) encontró la fuente de inspiración definitiva para su trabajo en tierras italianas, primero en Venecia y después en Roma. En la capital trasalpina alcanzó el mayor reconocimientos en especial debido a sus obras de paisaje, que se llegaron a calificar de obras maestras, tanto por su dominio de la armonía y el equilibrio, como por su supremo virtuosismo a la hora del tratamiento de la luz en las escenas.

Huida a Egipto de Adam Elsheimer

El cuadro del que hoy vamos a hablar es un portentoso ejemplo de ello. Se trata de La Huida a Egipto que pintó al óleo en una pequeña lámina de cobre (31 x 41 cm) en el año 1609. Y hoy en día se conserva en la Alte Pinakothek de Múnich, en Alemania.

Sin duda se trata de una de las creaciones de este pintor de origen alemán, que falleció de forma prematura en su querida Roma. Tal fue la valoración del cuadrito, que incluso lo quiso adquirir el gran Rubens deslumbrado por el tratamiento lumínico que se plasma en esta escena nocturna. De hecho, este manido tema que representa a la Sagrada Familia huyendo de los soldados de Herodes por las tierras de Egipto aquí fue transformado por primera vez en una pieza nocturna llena de ambiente.

Además en esta representación de la noche estrellada hay un detalle muy interesante. La plasmación que hace del cielo no hubiera sido posible sin el reciente invento que había hecho el científico Galileo Galilei. Nos referimos al telescopio.

De hecho, teniendo en cuenta las fechas, puede ser que Elsheimer conociera incluso las primeras versiones del telescopio, porque cuando pintó esto en 1609, a Galileo todavía le faltaban unos meses para que publicara sus conclusiones respecto a lo que era la Vía Láctea o como era la superficie de la Luna. Y sin embargo el pintor alemán ya recoge sus teorías en el cuadro. De hecho esta obra se considera la representación del cielo, la Vía Láctea y la superficie lunar científicamente fundada más antigua en la Historia del Arte.

No obstante, esos no son más que elementos que enriquecen la escena, porque lo verdaderamente valioso es la narración que nos cuenta. Toda ella organizada a partir de efectos lumínicos portentosos y muy equilibrados. Por ejemplo, a la doble representación de la luz de la luna, tanto en el cielo como en el reflejo del agua, le contrapone en el otro extremo una hoguera. Mientras que en el centro aparecen José, María y el Niño, descansando, e iluminados muy tenuemente por una antorcha que les guía en el camino, y simbólicamente en su papel para la Cristiandad. Una obra magistral y que creó escuela en esta temática durante las décadas y hasta siglos posteriores.

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