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Las bañistas de Fragonard

Publicado por A. Cerra

Siempre que se menciona un cuadro de Honoré Fragonard, especialmente sus muchas obras dedicadas a plasmar fiestas campestres y escenas galantes, con el famoso lienzo de El Columpio a la cabeza, parece inevitable vincularlo con los cuadros de Rubens. Y no solo por ese espíritu pícaro y de felicidad dominado por mujeres desnudas, tan sensuales como corpulentas (recordemos su cuadro Las Tres Gracias). Sin embargo, la relación entre el gran maestro belga del Barroco y el mejor representante del Rococó francés tiene más vínculos.

Las bañistas de Fragonard

Fragonard sin duda tiene un carácter más libertino, algo que se debe a los encargos que le hacían las clases altas francesas. Y para ellos encontró en las técnicas de Rubens todo un referente, observando sus cuadros para aprender de él a hacer composiciones tremendamente dinámicas y alegres, y también a aprender a inundar de luz y de color sus cuadros. Por cierto entre esos colores siempre tienen un gran protagonismo la gama que va de los amarillos al dorado. Y recurriendo a magníficas veladuras tal y como hacía Rubens, el gran maestro de las transparencias.

No obstante, Fragonard usa unos tonos de color más luminosos y claros. Son colores y luces que aplica con una pincelada enérgica, empastada y muy libre, casi adelantándose a su tiempo.

El arte rococó es todo deleite y divertimento, de ahí esa composición que parece un torbellino. Un dinamismo que sin duda es una evolución de lo que le enseñó su maestro, el gran Francoise Boucher, autor de infinidad de cuadros de ambiente galante y con tintes mitológicos como por ejemplo Diana después del baño. Hoy en día esa evolución se puede ver de manera fabulosa en el Museo del Louvre, donde están expuestos tanto Las bañistas de Fragonard como Diana después el baño de Boucher.

Desde luego que el discípulo vio numerosos cuadros de Boucher con este tipo de escenas, y decidió eliminar cierta carga lírica, y aportar un mayor frenesí. Así como la técnica también ha cambiado. Al fin y al cabo entre una obra y otra hay más de 30 años de distancia, ya que Fragonard la pintó hacia el 1775. Compone una escena más erótica que mitológica, en la que todo es un movimiento desenfrenado apenas ordenado mediante una diagonal que organiza la singular danza de cuerpos femeninos desnudos. Unos cuerpos que son reales, y también son brillantes y luminosos. No hay tanto dibujo como en las obras de Boucher. No hay detalles minuciosos, si no pinceladas de color para dar volumen y luz, sin duda una técnica que luego sabrán valorar mucho algunos de los pintores del Impresionismo francés, como el propio Edouard Manet.

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