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Quappi de rosa de Max Beckmann

Publicado por A. Cerra

Max Beckmann (1884 – 1950) pintó en numerosas ocasiones a su esposa Matilde von Kaulbach (1904 – 1986), familiarmente conocida como Quappi. De hecho ella misma dijo en alguna ocasión: “Con cierta frecuencia notaba que Max se quedaba fijamente mirándome, me observaba con tal intensidad que me hacía sentir insegura y él entonces me decía por favor, sigue haciendo lo que estabas haciendo, para él, esto era el comienzo de un retrato”. Uno de esos retratos es este magnífico lienzo que guarda el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y que realizó entre los año 1932 y 1934.

Quappi de rosa de Max Beckmann

La pinta sin duda alguna admirando todo el atractivo de la mujer. Contornea su figura de negro y la viste a la moda de la época, y por supuesto fumando. De alguna forma la convierte en un prototipo de lo más moderno. Se dice que en origen la mujer sonreía de forma más alegre y fuerte, pero parece ser que al final Beckmann plasmó ese gesto con más comedimiento, lo cual se vincula con el momento histórico que se estaba viviendo y que había llegado al partido nazi de Hitler al poder en Alemania. Algo que para Beckmann supuso que tuviera que abandonar su trabajo en la academia de pintura de Frankfurt, de manera que en 1934 la pareja estaba viviendo de forma clandestina en Berlín.

Sin duda, pese a esa coyuntura, él sigue enamorado de su esposa, algo que continuará siendo así hasta la muerte del pintor. De modo que la representa muy sensual y con cierto aire de un ser a venerar.

Por otra parte, en cuanto al estilo, la verdad es que Beckmann no estaba plenamente identificado con ninguno de los movimientos estéticos de su país, Alemania, ni se le puede considerar un artista expresionista, ni tampoco como miembro de la Nueva Objetividad. En cambio, bebió de esas fuentes y de otras muchas. Por ejemplo, de Matisse, cuya obra conocía bien, a él le debe esa concepción tan esquemática del fondo.

En realidad, todo parece algo esquemático. No le interesan los detalles, sino captar rápidamente a la retratada. Y para ello son imprescindibles esos trazos gruesos y rectos de color negro. Con ellos da forma, pero también carácter a la imagen. Con ese modo de perfilarla, de esculpirla, nos transmite las sensaciones que él tiene al ver a su esposa, una mujer culta, sofisticada y de gustos exquisitos, con una elegancia innata tanto para vestirse como para posar, de una belleza natural y singular que multiplica gracias a un maquillaje muy estudiado en sus labios rojos, el colorete de las mejillas y la sombra de ojos. Por cierto unos grandes ojos verdes que incluso sin mirarnos nos miran y por supuesto atraen las miradas del espectador. No cabe duda de que es un retrato hecho por un hombre enamorado.

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